La angustia de sostener el vacío (por Sofía Palma)

Palma Contreras, S. (2026, julio 18). La angustia de sostener el vacío. En Jornada de Cierre del Programa de Formación en Psicoanálisis de Bustamante 72 (1er semestre 2026). Providencia, Santiago de Chile.

En mi breve recorrido por la clínica, una paciente en particular me ha hecho preguntarme qué entiendo por angustia y cómo esta se puede presentar en la práctica.

Se trata de E, una estudiante universitaria que consulta por dificultades para mantener relaciones y por la intensa ansiedad que siente al exponer frente a otros. Este tema aparecía en casi todas las sesiones y decía querer saber qué podía hacer para manejarlo. Contaba que mientras pudiera seguir el guión que preparaba antes de cada exposición, lograba sostenerse e incluso improvisar. Pero cuando el profesor le hacía una pregunta, se le cerraba la garganta, sentía náuseas, presión en el pecho y se quedaba completamente en blanco. 

Ella empezó a relacionar estas escenas con recuerdos escolares en los que debía exponer sola por no haber encontrado grupo. Decía que por su expresión no parecía necesitar ayuda, pero que sí la necesitaba y no sabía cómo pedirla. En ese tiempo llegó a la conclusión de que no valía la pena esforzarse tanto por mantener relaciones. Frente a distintas experiencias de exclusión ella prefería “callar para no humillarse”. Estas escenas comenzaron a enlazarse con la dinámica familiar, dónde también aparecía una sensación de soledad y de estar en una “distinta sintonía” respecto de los demás.

Posteriormente describió que en las presentaciones se sentía disminuida frente a la mirada de los otros, mostrándose “contraria a como es, con cara de pesada y como quien no sabe nada y no le importa”. Cuando le pregunté por qué se mostraba de esa manera, contestó “no sé cómo hacerlo de otra forma”, pasando a hablar de lo injusto que sentía su soledad. Enfatizaba el cansancio que implicaba sentir tantas cosas e intentar pedir ayuda sin sentirse escuchada. Comparándose con sus hermanos, quienes, según ella, sí sabían comunicarse y pedir ayuda, mientras que ella sentía haber «mendigado amor» toda su vida.

Eventualmente comenzó a hablar del lugar que tenían el humor y los garabatos en su manera de relacionarse. Decía que le permitían quitarle gravedad a las cosas y que el foco “dejara de estar contra ella”. Al detenernos en esa expresión respondió que quizás ella misma era su propia enemiga, siendo una de las primeras veces que empezó a dirigir la pregunta hacia ella misma y no sólo hacia los otros. Apareció entonces “lo que pudo hacer de otra forma” y los deseos a los que había renunciado, como el de actuar, o el de asumir papeles más protagónicos en la danza, acompañados del miedo a expresar su interés.

En momentos posteriores comentó sentirse más tranquila con las presentaciones, porque se sentía más preparada, porque el profesor hacía preguntas menos rebuscadas, y porque había armado un grupo de compañeros con los que decía sentirse apoyada. Este movimiento puede ser meramente circunstancial, pero también me pregunto si puede tener que ver con sentirse menos “sola” frente a la mirada de los otros.

En la transferencia, sentía que E esperaba de mí un saber respecto de lo que le pasaba. Esto tuvo efectos en mi escucha, ya que me preocupaba por cómo intervenir correctamente, y por cómo ella recibiría mis intervenciones, más que en seguir las asociaciones que ella iba produciendo. En retrospectiva puedo notar que esta preocupación me capturaba en una posición imaginaria, una de la que todavía me cuesta moverme. Terminaba las sesiones angustiada, con el deseo de decirle algo que la aliviara, motivo por el cuál llevé el caso a supervisión.

Así empecé a advertir que mis ganas de aliviarla tenían más relación conmigo que con ella. Mi deseo de ofrecerle una respuesta se sostenía en la fantasía de poder ser quien reparara lo que ella relataba como insoportable. Varias veces habló de no tener esperanzas para el futuro. Esto me hacía sentir una profunda angustia y la sensación de que debía ofrecerle una salida. Una vez me dijo que no había nadie lo suficientemente fuerte para darle ganas de vivir. En ese momento me sentí débil y desprovista, y le respondí que tal vez no era cuestión de fuerza, sino de cómo se usara.

Sólo después pude preguntarme qué de esta intervención respondía a mi propia dificultad para sostener lo que estaba escuchando. En vez de detenerme en lo que esa afirmación abría en su discurso, intenté responderle, como si necesitara colmar algo allí donde ella situaba una falta. Recién entonces advertí que ese movimiento también respondía a mi dificultad para sostener ese vacío.

Pero a partir de la supervisión y analizar mi propia implicación, de a poco pude ir ubicándome de otro modo en la transferencia. Intentando no cerrar las preguntas aunque se presentaran emociones que la desbordaran, o frente a las cuales parecía tener explicaciones definitivas.

Con la propuesta de este escrito empecé a preguntarme qué era lo que irrumpía cuando aparecía la angustia en E. Al comienzo pensaba que se trataba del miedo a hablar en público, pero ella misma fue ubicando que el problema no era exponer, sino quedar frente a una pregunta para la cual no tenía una respuesta preparada.

Fue entonces cuando algunas lecturas sobre la angustia empezaron a adquirir otro sentido para mí. Pensaba que la escena en la que L se quedaba en blanco era un momento en que la trama significante que le permitía sostenerse frente al Otro vacilaba y ya no le alcanzaba para responder. Entonces me preguntaba si la angustia tenía que ver con el momento en que los recursos como el guión, el humor o los garabatos, dejan de alcanzarle. 

Pero al volver sobre el Seminario X, creo que pensarlo así queda corto. Según algunas lecturas que revisé, Lacan introduce una complejidad distinta al situar la angustia más allá de la caída de las coordenadas simbólicas, en un encuentro con la dimensión real del objeto a. Todavía no alcanzo a comprender cómo pensar esa dimensión en la escena de E. Justamente ahí el caso me lleva más allá de lo que, por ahora, alcanzo a entender de la teoría.

Aunque esta formulación me deja preguntas abiertas, al seguir la pista de lo que pensé como angustia en esa escena, esta se fue enlazando con otras escenas distintas. Como la experiencia de exclusión, la sensación de no ser escuchada, la dificultad para pedir ayuda, la renuncia a aquello que le interesaba, etc. Así, el propio recorrido asociativo de E fue desplazando la pregunta que yo llevaba a las sesiones.

Creo que todavía es muy pronto para saber si ha habido una modificación en la posición subjetiva de E. Los momentos en que dirige la pregunta hacia sí misma se alternan con otros en que vuelve a situar la respuesta del lado de los demás. Sin embargo, algo de su discurso sí empezó a moverse. Donde antes aparecía un “no sé cómo hacerlo de otra forma”, empezó a aparecer un “pude haber hecho las cosas de forma distinta”. Esto abrió la posibilidad de hablar del miedo a expresar su gusto por la actuación, diciendo no tener la fuerza para luchar por ello. 

Luego la fuerza volvió en otra sesión, ahora como el “no poder defender lo que quería decir”, especialmente frente a su mamá. Y eso que quería decir, también comenzó a adquirir otro lugar en su discurso. Con una forma distinta de preguntarse por lo que quiere saber de sí misma, y por cómo quiere compartirlo con sus papás. Diciendo que cuando llegue esa conversación, quiere hacerlo “en sus términos” y que quiere “procesar esto a su forma”. Aunque estos deseos empiecen a ser nombrados, todavía no parece sostener una posición estable respecto de ellos. 

Este escrito me ayudó a dejar de pensar en la angustia como algo que debe desaparecer para que el tratamiento avance. Ahora pienso que quizás sostener ese punto de vacilación es lo que permite que algo nuevo empiece a decirse. Y eso implica que yo pueda reconocer cómo mi propia angustia puede incidir en la escucha y en la dirección del tratamiento. Ese ha sido para mí uno de los más grandes desafíos en este proceso. Aprender a sostener una posición que haga lugar a ese tiempo de interrogación, sin apresurar una respuesta donde aún queda algo por decirse.

Palma Contreras, S. (2026, julio 18). La angustia de sostener el vacío. En Jornada de Cierre del Programa de Formación en Psicoanálisis de Bustamante 72 (1er semestre 2026). Providencia, Santiago de Chile.

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