Resumen
Este artículo examina la articulación entre el concepto contemporáneo de enactment y la noción lacaniana del deseo del analista. A través del análisis crítico de la contratransferencia y el examen de viñetas clínicas, se cuestiona el rechazo habitual de la implicación del analista en la tradición lacaniana. Se propone una definición operativa del deseo del analista comprendida como la rectificación de la función analítica tras el esclarecimiento del enactment, posicionando dicha elaboración como una herramienta ética y clínica fundamental para destrabar impasses en la dirección de la cura.
Acuña Ditzel, J. (2026, octubre). Del deseo del analista al enactment y retorno. Perseveraciones, 9-22.
Una vez una colega me comentó esta situación:
Una paciente dejó de asistir de forma inesperada tras una serie de sesiones que la analista había considerado provechosas. Habían logrado trabajar conflictivas relevantes, la paciente parecía implicada, el vínculo terapéutico conservado, etc.
A esta colega le rondaba la interrogante: ¿por qué la paciente decidió abandonar el proceso?
Ella misma como analista no estaba segura. De hecho, le sorprendía un poco. Cuando le pregunté qué razón había aducido la paciente, me comentó que no se lo preguntó, porque un paciente siempre debe conservar su derecho a dejar de asistir cuando quiera. Al menos así es como le había sido transmitido el psicoanálisis.
Claro, en principio, sí. Entiendo el espíritu de esa máxima: un terapeuta (o analista) no debería obligar a sus pacientes a asistir a sesión. Tampoco perseguirlos, acosarlos o intimidarlos con posibles consecuencias de dejar de asistir. Presumo que todos hemos escuchado algún caso así. Y me imagino que la mayoría de nosotros se pregunta: qué se le está poniendo en juego a ese terapeuta que ha incurrido en una práctica como esa. ¿Se trata de una reacción neurótica al abandono?, ¿hay un interés económico puesto en juego?, ¿no está advertido de un factor contratransferencial?
No obstante, no obligar al paciente es una cosa, pero avalar que el paciente abandone sin más, es otra.
Existe una definición de “deseo del analista” que lo describe como el “deseo de analizar”, o el “deseo de que el análisis prosiga”. Se trata de una definición problemática, porque no es consistente con otras definiciones canónicas (que revisaremos más adelante). Pero inexacto y todo, es un mantra que me gusta, porque creo que apunta a una actitud analítica necesaria. Y creo que en el caso de la viñeta, no se cumplió.
Haber preguntado a la paciente por qué había desistido del tratamiento me parece una práctica correcta. No porque esperemos ingenuamente que nos va a decir la razón última; pero al menos nos va a aportar material sobre el que trabajar. No es lo mismo interrogar la salida que obligar a continuar.
Por lo demás, la omisión de la colega desconoce uno de los primeros axiomas del psicoanálisis: el relativo a la emergencia de la transferencia. Dejemos a Freud (1912) decirlo con su habitual elocuencia: “Siempre que uno se aproxima a un complejo patógeno, primero se adelanta hasta la conciencia la parte del complejo susceptible de ser trasferida, y es defendida con la máxima tenacidad” (p. 101).
Dicho de otra manera: era previsible que si las sesiones previas habían sido provechosas y se estaban realizando avances, advendría la transferencia en su faceta resistencial. En el caso que nos convoca: a través de una huída.
“En la cura analítica la trasferencia se nos aparece siempre, en un primer momento, sólo como el arma más poderosa de la resistencia” (p. 102).
Nunca deja de sorprender la frecuencia con que los jóvenes analistas olvidan esto. Están demasiado enfocados en el material susceptible de ser verbalizado, que olvidan que es en el vínculo transferencial donde se pone en acto lo imposible de decir.
Con cuánta frecuencia hemos escuchado a un colega infatuado de autoridad aconsejar a otros que deben “reencuadrar” a los pacientes descarriados. ¡Como si la transgresión al encuadre por parte de un paciente ocurriera en un terreno extratransferencial! Ogden (2005) es certero cuando afirma que “el psicoanálisis es una experiencia en la que el analista toma en serio al paciente, en parte al tratar todo lo que dice y hace como comunicaciones potencialmente significativas para el analista” (p. 19).
De hecho, le pregunté a mi colega cómo leía la huída de su paciente en clave transferencial. Al principio dijo que no le parecía que fuera un impasse transferencial. Pero cuando le dio una segunda vuelta agregó lo siguiente:
Dentro de los efectos analíticos del tratamiento hubo un hito particular: cuando la analizante se independizó y abandonó la casa donde había vivido con su abuela toda su vida. No fue un paso sencillo para ella. El proceso transcurrió envuelto en la fantasía de que la anciana iba a sentirse abandonada, obstaculizando la emancipación de la nieta. La paciente se llevó una sorpresa cuando su abuela no solo no se interpuso, sino que tampoco manifestó mayor afectación.
En ese momento del relato, la colega advirtió que quizás ella misma había quedado ubicada en el lugar de la abuela. Y que su analizante estaba actuando la misma escena en la transferencia. Tal vez esperando que la analista se afectara e hiciera algo para que no se fuera. Eso habilitó una idea: ¿y si hubiese encarnado estratégicamente ese lugar (de la abuela) para convocar a la paciente a una última sesión e intentar analizar esa fantasía?
Contratransferencia en el lacanismo
No me sorprende del todo que mi colega no haya visto esta situación previo a nuestra conversación. Partiendo por que el lugar en que queda ubicado el analista en la transferencia no siempre es fácil de leer. Más aún si este lugar toca algo de la contratransferencia. Si bien no llegué a ahondar más sobre esa dimensión con mi colega, me atrevo a sospechar que su posición “ética” de permitir que un paciente abandone cuando quiera, debe enmascarar su propia e incómoda implicación contratransferencial en el caso.
Hablar de estos temas en el mundo lacaniano en el que me formé suena a anatema. Recuerdo haber estado en supervisiones donde se cuestionaba severamente cualquier mención a la implicación del analista.
“Eso es tuyo, no es del caso” o “eso es material para tu análisis personal”. Frases como aquella pegaban el portazo a cualquier consideración por la propia implicación del analista en sus casos. Nuevamente creo entender el espíritu de aquello: hay que priorizar el material que aporta el paciente, tener cuidado con la fabulación del analista, con sus delirios interpretativos a partir de lo que “siente” o “cree”, etc. Es decir, cuidarse de aplastar la subjetividad del analizante a partir de la propia producción fantasmática.
Pero una cosa es atender a los riesgos de la contratransferencia para la dirección de la cura y otra muy distinta es renegar de su relevancia en el caso. Cualquiera que se haya dedicado a este oficio el tiempo suficiente llega a la misma conclusión: la gran mayoría de los impasses clínicos refieren a un problema transferencial. No identificar la contratransferencia asociada para elaborarla es condenar el caso. Freud (1910) era implacable al respecto:
Nos hemos visto llevados a prestar atención a la «contratrasferencia» que se instala en el médico por el influjo que el paciente ejerce sobre su sentir inconciente, y no estamos lejos de exigirle que la discierna dentro de sí y la domine. […] cada psicoanalista sólo llega hasta donde se lo permiten sus propios complejos y resistencias interiores, y por eso exigimos que inicie su actividad con un autoanálisis y lo profundice de manera ininterrumpida a medida que hace sus experiencias en los enfermos. Quien no consiga nada con ese autoanálisis puede considerar que carece de la aptitud para analizar enfermos. (p. 136)
El lacanismo se ha hecho un flaco favor al desestimar la contratransferencia de raíz. Parafraseando a los anglosajones, no es un problema de if, but when — o en este caso how. El punto no es si acaso la contratransferencia tiene alguna utilidad para el caso, sino qué lugar darle para favorecer la dirección de la cura y no entorpecerla aún más.
Que no se mal entienda: no estoy reivindicando los abusos de la contratransferencia que el lacanismo cuestiona con justicia. Supongo esta crítica archiconocida por el lector, ya desde Miller (1997) en su famosa Introducción al método. Si no, lo remito a Fink (2007, pp. 165 y ss) y su bien fundamentada argumentación contra los abusos de la contratransferencia en el análisis.
No obstante, me atrevo a sostener que actualmente el riesgo de desconocer y desestimar la contratransferencia en los casos iguala a hacer un mal uso de ella. De ahí la relevancia de definir cómo usarla acorde a la ética de nuestra disciplina.
Introducing… the enactment
Hay un concepto muy arraigado en el psicoanálisis contemporáneo que prácticamente no tiene ningún desarrollo en la escuela francesa: el enactment.
Si al igual que yo, el lector se formó en la llamada orientación lacaniana, puede que no lo haya oído hablar con anterioridad. Confieso que para mí fue un descubrimiento tardío. Por lo general se conserva su nombre en inglés (al igual que otros terḿinos difíciles de traducir, tales como Self o acting out), aunque a veces se lo ha traducido como “puesta en acto”.
¿A qué refiere este concepto? En simple, a la complicidad contratransferencial del analista: cuando el analista actúa la contratransferencia.
En el excelente artículo del Comité de la IPA para la Integración Conceptual (Bohleber et al., 2013) describen el proceso fenoménico del enactment en 5 pasos:
1) estado previo normativo, 2) ruptura de la relación normativa (impasse), 3) descubrimiento del enactment a posteriori por parte del analista, 4) reconocimiento de la complicidad inconsciente y restauración de la función analítica, y 5) resolución del enactment como una oportunidad terapéutica.
Las distintas escuelas psicoanalíticas difieren en el valor que le dan a este fenómeno: desde un polo que lo considera una falla ocasional en la labor analítica, hasta el polo que lo considera como un fenómeno ubicuo y constante en un tratamiento.
Más allá de si es evitable, lo que parece ser importante es la capacidad del analista para aprovechar el enactment y relanzar la cura antes que comprometa el caso de forma irreversible — como ocurrió en la viñeta que presentamos al principio.
Algunas críticas al (ab)uso del enactment
Las escuelas que se acogen al paradigma relacional suelen considerar el enactment como una oportunidad para poner en juego los llamados “momentos de encuentro” (moments of meeting), la quintaesencia del cambio terapéutico. Estos “momentos de encuentro” corresponden a “momentos de intensa conexión, apertura, vulnerabilidad intimidad y humanidad compartida entre paciente y terapeuta” (Duarte et al., 2020).
Atribuyo a sus limitaciones epistemológicas, que el paradigma relacional en psicoanálisis siga debatiéndose si el efecto analítico depende (a) de una verbalización intelectual sobre el conflicto psíquico (lo que ellos entienden por “interpretación analítica”) o (b) de una humana compenetración entre los partenaires de la díada analítica capaz de reescribir los modos relacionales del analizante a través de una “experiencia emocional correctiva” (posibilitada por el “yo sano” del analista).
La trampa es que ambas alternativas se sitúan en el nivel imaginario de la transferencia: no se trataría ni de una “toma de conciencia”, ni de una conexión “humana” con el analista. Recordemos que el paradigma relacional abre aquí la puerta a las “autorrevelaciones” (self-disclosure) del analista, defendiendo su potencial para producir efectos terapéuticos.
No quiero parapetarme tras la arrogancia de mi propia ortodoxia lacaniana y negar la aludida efectividad de una intervención “autorreveladora”. No obstante, se me ocurren muchos escenarios en que aquello podría no tener efecto alguno o incluso ser iatrogénico. Me parece que se requiere una lectura muy fina de la transferencia (en sus tres registros) para no andar dando palos de ciego con tales intentos de “conexión profunda” con un analizante. Partiendo por una aprehensión básica: ¿qué nos garantiza que ese intento de conexión, esa autorrevelación, no sea otra actuación contratransferencial, otro formación sintomática del analista, demasiado inconsciente como para que pueda reconocerlo?
Aquí es donde considero que una revisión del concepto lacaniano de “deseo del analista” puede ofrecer una nueva mirada para la dirección de la cura, a la vez que adquiere una operatividad que muchas veces se extravía entre la habitual oscuridad de los conceptos lacanianos.
Algunas notas sobre el deseo del analista
Para Lacan (1964), el deseo del analista es lo que en último término opera en el análisis. Una idea que ya estaba contenida en La dirección de la cura… (1958), cuando señalaba que el analista no dirige al paciente, dirige la cura. Dado que en ese escrito Lacan define al analista por su des-ser más que por su ser, podríamos parafrasear mejor esa cita como que la falta del analista (y no su yo) es lo que dirige la cura. O dicho de otro modo: el deseo del analista es lo que dirige la cura.
El problema es tratar de cernir esta noción. En Lacan habitualmente tenemos una dificultad de estilo que tiende a definir los conceptos en negativo. De Olaso (2016), por ejemplo, nos recuerda que el deseo del analista
…no es un deseo como los otros, no es un deseo sostenido en el fantasma, no es un deseo causado por el objeto, mucho menos es el deseo de la persona del analista, tampoco el deseo de atender o el deseo de curar (p. 203)
En los últimos años, Bonoris (2016; 2022) ha abordado este problema. Sorprendentemente ha argumentado que el deseo del analista es la respuesta de Lacan a la conocida “neutralidad” freudiana. Su denuncia se centra en que Freud, en su afán por hacer del psicoanálisis una disciplina científica, habría prescrito para los analistas una actitud neutral, fría y objetiva. Si bien es cierto que muchos analistas después de Freud habrían adoptado tal postura, plantearlo así es sin duda alguna una lectura muy tergiversada de Freud. Para el padre del psicoanálisis la neutralidad refería principalmente a no adoptar una postura moralizante con el paciente; nada tiene que ver con una pretensión epistemológica de objetividad ni una desafección por el paciente.
A pesar de esta innecesaria controversia, Bonoris (2016) si plantea algunos puntos relevantes, que resumiré aquí: (i) hay una implicación del analista en la constitución de lo inconsciente en una cura; (ii) el deseo de analista como lugar “vacante” para habilitar el deseo del analizante; (iii) el revés de la contratransferencia: en vez de focalizarse en lo que el analizante produce en el inconsciente del analista, la pregunta podría ser inversa: cómo el síntoma del paciente es una respuesta al fantasma del analista; (iv) la transmutación ética (idea que revisaremos a continuación).
Autores como Cosenza (2018) y Libbrecht (2018) resaltan que el deseo del analista emerge como producto de la formación y análisis del propio analista. En dicho proceso ocurriría una transmutación ética que es la posición que el analista sostiene en cada análisis. Como tal, se trata de una función simbólica y operativa, vaciada de contenido, es decir que no se restringe a la particularidad y estilo de cada terapeuta.
El enactment inaugural
Hay una digresión en la sesión del 29/04/1964 del Seminario 11, a la que no se le ha dado el suficiente crédito. Lacan (1964) apunta a cómo, en la historia del psicoanálisis, el concepto de transferencia ha sido malogrado de forma sistemática por los mismos psicoanalistas. Llega a esgrimir que “toda la teoría de la transferencia no es más que una defensa del analista” (p. 164).
¿El culpable? Ni más ni menos que “el deseo del analista”. Dice: “La contribución que hace cada quien al mecanismo de la transferencia, apartando la de Freud, ¿no es algo donde su deseo puede leerse claramente?” (p. 165). A continuación, pasa revista al “deseo” que puede leerse en la obra de analistas de la talla de Ferenczi, Abraham, Nünberg, etc.
Para efectos de este recorrido nos centraremos en el caso de Anna O. debido a su carácter inaugural. Recordemos que ese tratamiento transcurría favorablemente hasta la aparición de un impasse insalvable: Anna desarrolla una pseudociesis (embarazo psicológico), que precipita el término anticipado de tratamiento por parte de Breuer. Lacan nos cuenta que acto seguido Breuer viaja a Italia con su mujer y no tarda en embarazarla. Lo cual clausura un bucle de deseo: el psudoembarazo neurótico de Anna O. y el embarazo de la mujer de Breuer no serían una mera coincidencia.
Lacan desliza una idea perturbadora: Freud teorizó la transferencia para absolver a su amigo y mentor:
Freud le dice a Breuer: ¡Pero bueno! A qué tanto lío. La transferencia es la espontaneidad del inconsciente de la Bertha esa. No es el tuyo, no es tu deseo […] es el deseo del otro. […] Esto nos lleva a la pregunta acerca de lo que el deseo de Freud determinó, al desviar toda captación de la transferencia (p. 164)
Invito al lector a revisar dicho acápite, no tiene desperdicio alguno. Como clave de lectura, mencionaré que aquí Lacan pareciera estar entendiendo el “deseo del analista” como un deseo no analizado del analista. Algo propio de su contratransferencia que obstaculiza el caso. La definición original de transferencia de Freud pareciera responsabilizar al paciente de esa proyección y dispensar al analista de su contribución en el fenómeno.
Pero si le damos una nueva vuelta, vemos que ya en esta situación clínica originaria se aprecia un enactment a toda regla. No es solo una proyección en Breuer de los anhelos eróticos de Anna, también Breuer se vio involucrado contratransferencialmente en el pseudoembarazo de su paciente. En su momento, no pudo leerlo como tal (no tenía cómo) así que huyó a Italia a embarazar a su esposa.
Ahora entendemos por qué años más tarde Freud (1910) se viese obligado a hacer la salvedad mencionada anteriormente: todo analista practicante debe estar constantemente analizando su contratransferencia, ya que corresponde al límite real de las curas que conduce.
Una definición operativa del deseo del analista
Llegado a este punto nos atrevemos a formular una definición operativa del deseo del analista. Se trata de la corrección de la posición del analista en la cura, tras el análisis y resolución del enactment.
Un analista tomado por la contratransferencia (y no advertido de ello) no puede disponer del lugar vacío que se requiere para que se habilite el deseo en el analizante.
Un caso personal
No quisiera terminar este texto sin traer también algún impasse propio para honrar la larga tradición freudiana de exponerse uno mismo — conditio sine qua non de la escritura analítica.
Alejo es un joven de 19 años, que llevo atendiendo de forma remota desde que él tenía 15, cuando iba en II año de enseñanza media. Es el menor de tres hermanos, en una familia de nivel socioeconómico medio-bajo. El padre es repartidor de gas, la madre realiza trabajos esporádicos. La familia tiene vinculación con la iglesia evangélica y con historias de fenómenos paranormales. Cuando consulta, Alejo responsabiliza al padre de todos sus males: por no haberle prestado atención cuando niño, por haber hecho sufrir a la madre el tiempo que estuvieron separados. En estos 4 años de proceso, el estudiante terminó su escolaridad a pesar de una variada y siempre alternante sintomatología que afectó distintas funciones corporales y áreas de su vida escolar, social y emocional. Ha rectificado su posición respecto del padre, desde un odio declarado a una aceptación y paulatino acercamiento. Su original posicionamiento confrontacional y dramático al interior de la dinámica familiar disminuyó significativamente en intensidad; actualmente ya no inicia ni se involucra en conflictos innecesarios y se distancia de las posturas más extremas de los hermanos. En el momento en que sitúo este impasse habían surgido temas relacionados a intereses amorosos frustrados que Alejo conoce a través de juegos en línea y las dificultades que ha experimentado para buscar trabajo. Yo mismo me encontraba con falta de interés por el caso, en ocasiones hasta scrolleando en el teléfono mientras atendía.
Una mañana tengo la siguiente experiencia, que copio aquí textual según la transcribí en mi diario:
Me estoy despertando y veo un mensaje de Alejo, en el que me dice que después de lo sucedido dejemos el proceso terapéutico hasta aquí. Me descoloca un poco — entonces recuerdo que unos días antes le habría pedido a F. que hablara con él para agendar una hora — al parecer había mala señal. Además yo había estado ebrio y mientras F. trataba de hablar con el paciento, yo figuraba atrás quejándome de que no escuchara y diciendo de que era un fleto y otros insultos en su contra. ¡Es obvio que los escuchó!
Me entra un poco de pánico por la situación. Cómo pude haber sido tan descuidado. Me imagino a la madre quejándose — y poniendo en duda la legitimidad de los bonos fonasa.
En eso llega un fax. Es una carta larga de Alejo, planteando sus descargos en sendos párrafos y algunos puntos. Repaso el texto a la rápida y hacia el final leo un párrafo que dice que suponse que ya no iremos a hablar más, aunque deja abierta la puerta para una sesión más en el que podamos aclarar las cosas.
Es como un halo de esperanza — creo que algo de la transferencia sobrevive y quizás se pueda remediar la situación.
Ahora, un poco más despierto comienza a desdibujarse la veracidad de toda esta situación. ¿Era todo un sueño?
Me acuerdo que tengo sesión con él mañana (viernes) y ¡se me había olvidado completamente! De hecho tengo un viaje planificado a esa misma hora. Voy a tener que escribirle para reagendar la sesión. ¿Cómo se me pudo olvidar así? Tomo conciencia que en las últimas sesiones me he sentido un poco perdido con el caso —entre desinteresado y frustrado—. Es hora que lo lleve a supervisión.
Dejo ahí la transcripción de esta experiencia onírica. La lleve a mi propio análisis, y también analicé algunos elementos siguiendo la práctica freudiana del autoanálisis de sueños por escrito. Comparto con el lector algunas pinceladas:
A partir del error de escritura en “paciento” (paciente) asocié “pa’ciento”. Ciento, un término equívoco entre sentir y el número cien. Siento, dinero. Me interpeló mi propia demanda de productividad; el interés porque el paciente consiga trabajo como excusa para reajustarle el valor de los honorarios.
Por otro lado “fax”, me llevó a “FACSO” que es el acrónimo de la facultad donde cursé el magister. Me interrogué sobre mi creciente interés de volver a realizar estudios formales y mi creencia sobre la insuficiencia de mis credenciales académicas.
Haberme conectado con mi propia conflictiva en este autoanálisis y con mi analista, tuvo efectos. En la siguiente sesión me noté algo menos conflictuado con el caso; me permití acompañar al paciente en sus exploraciones sobre aspectos familiares sin la incomodidad anterior o la presión de tener que lograr que tomara un paso respecto de su búsqueda laboral. Por supuesto, no diría que este análisis haya resuelto mi neurosis, pero sí se descomprimió algo en mi posición en el tratamiento. Algo del deseo del analista se rehabilitó.
…y retorno
Este recorrido nos ha permitido cernir una verdad incómoda: no se trata de si el analista se verá implicado contratransferencialmente en sus casos, sino cómo logrará leer esa implicación a tiempo. Al integrar el concepto de enactment —esa puesta en acto de la complicidad inconsciente— con la exigencia lacaniana del lugar vacío, el “deseo del analista” cobra una operatividad renovada. Es la prueba de fuego en el caso: la capacidad de tomar la propia neurosis actuada como material de análisis para re-inscribir la función analítica. El retorno se dibuja así: desde el deseo que dirige la cura, hasta el impasse que la detiene, y de vuelta a la corrección que la relanza. Allí, en ese acto de rectificación, reside la ética de nuestro oficio.
Bibliografía
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