La angustia de escribir sobre la angustia (por Javiera Salamanca)

Salamanca Oportus, J. (2026, julio 18). La angustia de escribir sobre la angustia. En Jornada de Cierre del Programa de Formación en Psicoanálisis de Bustamante 72 (1er semestre 2026). Providencia, Santiago de Chile.

Desde que recibí el correo de la fundación con el tema de este escrito, no pude evitar angustiarme. Pensar y escribir sobre la angustia implicó, en cierta medida, encontrarme también con la propia. En la actualidad, la angustia parece haber dejado de ser una experiencia excepcional para instalarse como una palabra de uso cotidiano. Basta con caminar por la calle o escuchar conversaciones en el metro para encontrar frases como: “Estoy angustiado ¿tienes un cigarro?” o “No puedo con esta angustia”. La angustia circula en el lenguaje diario, nombrando malestares diversos y dando cuenta de una experiencia que parece atravesar, de una u otra forma, la vida contemporánea. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme ¿Qué hay detrás de esta angustia de la que hoy todos parecen hablar?

En Inhibición, síntoma y angustia, Freud describe la angustia como un intento de huida frente a un peligro. Pero ¿De qué peligro se trata? A lo largo del texto intenta responder a esta pregunta sin reducirla a un objeto específico. Finalmente, propone que la situación que mejor permite comprender la angustia es el estado de desvalimiento. El nacimiento constituye el modelo de esa experiencia: un momento en el que el sujeto se encuentra expuesto a una intensa excitación y depende por completo de otro para satisfacer sus necesidades. Así, más que remitir a un peligro concreto, la angustia se relaciona con la posibilidad de reencontrarse con aquella vivencia primordial de desamparo. 

Uno de los aspectos que más llamó mi atención durante la lectura, fue la reiterada presencia de términos como pérdida, castración y sus distintas derivaciones. Sin ánimo de atribuirle a Freud un concepto que desarrollaría posteriormente Lacan, me resulta inevitable leer esos términos desde la noción de falta. Quizás sea una lectura retrospectiva, pero permite advertir cómo la angustia aparece estrechamente vinculada a aquello que el sujeto puede perder o a aquello que amenaza su lugar en relación con el Otro.

También me impresiona la manera en que Freud describe los recursos del aparato psíquico para proteger al sujeto. La angustia funciona como una señal que moviliza mecanismos como la represión y, posteriormente, la formación del síntoma, evitando un nuevo encuentro con aquello que resulta profundamente displacentero. Desde una lectura lacaniana, esta operación puede pensarse en relación con el fantasma, entendido (siguiendo a Miller) como la construcción que permite al sujeto sostener una respuesta frente al enigma del deseo del Gran Otro. 

Desde que entré a la universidad he conocido diversos enfoques psicológicos para comprender la angustia. En muchos de ellos, el énfasis suele estar puesto en disminuirla o aliviarla mediante distintas estrategias o técnicas. No considero que ello sea incorrecto; sin embargo, la práctica clínica me ha permitido descubrir otra forma de aproximarme a este afecto. Aunque, como plantea Freud, la angustia resulta profundamente displacentera, también puede constituirse en una vía de acceso a elementos inconscientes.

Recuerdo, por ejemplo, el caso de una paciente a quien acompañé durante un breve período, pero que dejó una importante enseñanza en mi formación. Llegó a consulta presentando múltiples síntomas y relatando crisis de pánico en las que experimentaba una intensa angustia, acompañada de la convicción de que iba a morir. Al detenernos a explorar aquello que aparecía durante esas crisis (lo que sentía, pensaba e imaginaba) comenzaron a surgir escenas marcadas por distintas pérdidas: la muerte de su abuela, la ausencia de su padre y la constante búsqueda de afecto y reconocimiento por parte de su madre. Poco a poco, la angustia dejó de ser únicamente un fenómeno que debía desaparecer y comenzó a adquirir un lugar dentro de la historia singular de la paciente. 

Con esto no quiero decir que no deban enseñarse estrategias para afrontar los momentos de mayor intensidad de la angustia. En muchas ocasiones son necesarias y pueden brindar un alivio importante. Sin embargo, la experiencia clínica me ha llevado a pensar que, cuando la angustia aparece, también merece ser escuchada. Nos comunica algo singular de cada sujeto: No todos se angustian por las mismas razones ni en los mismos momentos. En este sentido, me resulta inevitable preguntarme si la angustia no guarda una estrecha relación con la falta. Vivimos en una época marcada por la inmediatez y por la promesa de un goce constante, donde pareciera que siempre existe un objeto, una experiencia o un consumo dispuesto a colmar aquello que sentimos que nos falta. Sin embargo, esa promesa nunca termina de cumplirse y, pesa a todos esos intentos por taponarla, la angustia vuelve a hacerse presente.

Intentando responder a la pregunta que me planteé al inicio de este escrito, y considerando tanto la lectura de Freud como los testimonios de los pacientes que he acompañado, pienso que la angustia contemporánea no puede comprenderse únicamente como un fenómeno individual. Algo de ella parece responder también a la época que habitamos. Me pregunto si parte de este malestar no estará relacionado con las transformaciones que han experimentado las figuras de autoridad y los referentes simbólicos. Tengo la impresión de que aquello que antes representaba un lugar de saber (la familia, las instituciones, el Estado o incluso ciertos discursos sociales) ya no posee la misma consistencia. No porque hayan desaparecido, sino porque la confianza depositada en ellos parece haberse debilitado. Como si la ilusión de otro que sabe se hubiese resquebrajado.

No tengo una respuesta definitiva sobre las razones de esta transformación. Sin embargo, pienso que sus efectos pueden observarse en la clínica. Desde una posición cada vez más crítica, cuestionamos aquello que antes se aceptaba con mayor facilidad, visibilizamos las fallas de las instituciones y advertimos que muchas de las respuestas que estas ofrecen resultan insuficientes. Ese movimiento me parece valioso, pero también abre nuevas preguntas e incertidumbres para el sujeto. No creo que la falta sea hoy mayor que antes; la falta forma parte de la constitución misma del sujeto. Lo que quizás ha cambiado es la manera en que nos relacionamos con ella, al contar con menos referentes simbólicos que permitan velarla.

A ello se suma una cultura que constantemente promete un goce inmediato. Vivimos rodeados de objetos, experiencias y discursos que parecen asegurar que siempre existe algo capaz de completar aquello que sentimos que nos falta. Empero, esa promesa nunca termina de cumplirse. Los objetos cambian, las ofertas se renuevan y el imperativo de disfrutar permanece, pero la falta continúa allí. Tal vez por eso la angustia insiste en aparecer: porque nos confronta con aquello que ninguna respuesta ni ningún objeto puede colmar por completo.

Quizás sea precisamente esa imposibilidad la que vuelve tan vigente la lectura de Freud. Aun cuando dedicó un extenso trabajo a pensar la angustia, nunca pretendió agotar su explicación. Hay algo de ella que permanece enigmático, que escapa a toda elaboración definitiva. Después de estos años de formación, quien alguna vez fue un enemigo para mí, terminó convirtiéndose en un compañero de pensamiento. Hoy comprendo que una de las enseñanzas más importantes que me deja es que la angustia no debe ser apresurada a desaparecer, sino escuchada. Tal vez solo así pueda decir algo de la singularidad de cada sujeto y, al mismo tiempo, de la época que nos toca habitar.

Salamanca Oportus, J. (2026, julio 18). La angustia de escribir sobre la angustia. En Jornada de Cierre del Programa de Formación en Psicoanálisis de Bustamante 72 (1er semestre 2026). Providencia, Santiago de Chile.

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