Sobre el encuadre, lo institucional y el surgimiento de la subjetividad (por Lucas Dattari)

por Lucas Dattari Carcher
Psicólogo UCEN en Pasantía (2024)

Lucas Dattari en Jornada de Cierre PF24-1

Desde las definiciones más clásicas que se pueden dar sobre el encuadre, se puede entender como una serie de reglas o condiciones que permiten establecer el denominado “espacio terapéutico”, ya sea el valor monetario de las sesiones, los tiempos, conexión a internet estable, mantener la cámara encendida, etc. Condiciones que permitirán que tanto el analista como el analizante, puedan sostener un espacio transicional que posibilita el análisis: espacio que permitiría la posibilidad de simbolización en el sujeto. 

En mi experiencia atendiendo, mi primer acercamiento a la clínica fue a través de un CESFAM, un servicio que permite la prestación de servicios de atención primaria a las personas pertenecientes a un sector determinado. En este marco se trabajaba desde lo que se denomina el enfoque BioPsicoSocial, tomando los 3 aspectos principales del desarrollo en el ser humano. El procedimiento consiste en que cada usuario del CESFAM pasará primero por un Médico General, quien en la mayoría de los casos sería el encargado de derivar al apartado de Salud Mental y, dependiendo de la problemática, se buscaría el apoyo de Trabajadores Sociales. En el CESFAM las atenciones en términos monetarios eran gratis y muchas veces como profesional estabas investido bajo un altruismo, como un “alma bondadosa” que sin expectativa viene a ayudar a quienes lo necesitan. Por supuesto, no era algo absoluto, siempre podía aparecer el reclamo por las atenciones, las horas mal agendadas, etc. Sin embargo, independientemente de esos casos, la institucionalidad te proporcionaba un encuadre, un posicionamiento a la hora de atender y también un respaldo cuando éste se ve transgredido. 

El encuadre en entornos institucionalizados tiende a tomar un matiz inamovible, un marco protocolario que dificulta el surgimiento de la subjetividad que puede aparecer en la atención clínica. Agregando a esto, la persona que accede a salud mental mediante estos servicios se ve inmiscuida en un sistema que puede ser totalmente ajeno a la problemática que el usuario presenta. Sin ir más lejos, no era extraño que durante mi práctica clínica se me fuera exigido “convencer” a los usuarios de renovar sus exámenes médicos, realizarse el Papanicolaou, entre otros objetivos ajenos a lo planteado dentro de las sesiones y que corresponden a las metas institucionales. Desde luego, tampoco se le puede achacar a estas prácticas la imposibilidad del surgimiento de una singularidad, sin embargo, sí dan cuenta de algo y es sobre la primacía de un modelo médico y que en consecuencia trae a sesión gran parte de ese imaginario cultural: del médico que tiene que ser escuchado o el médico no cuestionado. 

Radicalmente distinta ha sido mi experiencia dentro de mi pasantía en Bustamante 72. Para comenzar no existe un encuadre previo más allá de los formularios para la solicitud de atención o las asociaciones que pueda tener con otras instituciones. Tampoco hay un costo [preestablecido] asociado a la sesión, todo se ve dentro de ésta. Las personas que llegan tienen las nociones por las cuales quieren ser atendidos y esto a su vez genera que el establecimiento de un encuadre tenga una responsabilidad directa con tu pensar(se) dentro de la terapia. 

Algo aprendí en las clases en Bustamante: que el paciente siempre puede romper el encuadre y que es uno en su rol de terapeuta quien tiene el deber de respetarlo. Sin embargo, esto no se trata sobre respetar una normativa al pie de la letra o encarnar una institución, el encuadre juega su propio rol dentro de la terapia. Como lo explicita Bleger: “el encuadre tiene la misma función: sirve de sostén, de marco, pero sólo lo alcanzamos a ver —por ahora— cuando cambia o se rompe” (Bleger, 1999). En mi forma de entenderlo, la transgresión en el encuadre se evalúa como la posibilidad del surgimiento de una nueva subjetividad, el emerger de un deseo. “Si la relación del deseo con el objeto no fuera problemática no habría tema para tratar en el análisis”, explicaba Lacan en el Seminario 5. 

A lo largo de la pasantía he conducido numerosos procesos terapéuticos. Gran parte de ellos no han sido exitosos, pero me han permitido ver la importancia que tiene pensarse dentro de la sesión, entender que rol es el que uno ejerce y que encuadre es el que uno sostiene. Me gusta entender la lógica de una sesión como la que permite ver Eduardo Pérez Carrasco (2020) utilizando de ejemplo a Jacques Rancière (2010) a través de su libro “El espectador emancipado”: 

El espectador que va a ver una obra de teatro y observa cómo se ejecuta la actuación (se compara aquí el analista/psicoterapeuta), en donde se despliegan: actos y discursos, lenguajes verbales y paraverbales; en su posición de observador sólo consigue una sola cosa, que es objetarse a sí mismo, ya que en el proceso de la relación, al no tener ninguna reacción a la actuación, el espectador queda invisibilizado en la oscuridad de su butaca, así mismo como un analista/psicoterapeuta escucha tácitamente a un paciente (sujeto privado de libertad) su sufrimiento, al mismo tiempo objeta su propia presencia por la falta de actuación en la díada, acción que repercute en la imposibilidad de validar el discurso del acto (analizando), invisibilidad no sólo explicita sino también inconsciente.
Este suceso cambia cuando hablamos del drama, en donde el actor (analizando) toma la decisión de bajar del escenario e interpelar al espectador (analista/psicoterapeuta), quien al responder improvisadamente la interpelación del actor se vuelve otro actor más en una dinámica relacional. 

Y es bajo este relato que el encuadre no es simplemente un conjunto de reglas, sino un espacio dinámico que debe adaptarse a las necesidades y características del sujeto. En este sentido, la responsabilidad está de mantener un equilibrio entre lo instituido por el encuadre y la espontaneidad necesaria para permitir el surgimiento de una singularidad. Como lo ilustra la metáfora del espectador y el actor de Rancière, el terapeuta debe estar dispuesto a descender de la posición de observador pasivo y convertirse en un participante activo en el proceso terapéutico. Este acto de participación no sólo valida la experiencia del paciente, sino que también enriquece el proceso terapéutico. 

Por último, es fundamental reconocer al encuadre como un elemento vivo dentro de la terapia que debe ser constantemente pensado dentro de esta. El verdadero desafío radica en encontrar un equilibrio que permita tanto lo estructurado como lo espontáneo, asegurando así que el espacio terapéutico siga siendo un lugar que permita el surgimiento del deseo.

Referencias bibliográficas

Usobiaga, E. (2005). El encuadre y psicoanálisis. Norte de Salud Mental, 6(23), pp. 47–52.

Pérez Carrasco, E. (2020). Una mirada relacional del proceso psicoterapéutico con personas privadas de libertad, excluidas y objetadas psicosocialmente: El giro relacional en psicoanálisis y sus implicancias políticas en la vulnerabilidad. Escritos relacionales, 2(2), pp. 15–26.

Bleger, J. (1999). Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico. Revista de psicoanálisis de la A.P.M.,31

Yazigi Vásquez, C. (2011, diciembre). Jacques Rancière: el espectador emancipado. Aisthesis, 50, pp. 277–280.

De Luca, M. V. (2013). El deseo en cuestión: el deseo del analista. V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XX Jornadas de Investigación Noveno Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

Dattari-Carcher, L. (2024, agosto 3). Sobre el encuadre, lo institucional y el surgimiento de la subjetividad. En Jornada de Cierre del Programa de Formación en Psicoanálisis de Bustamante 72 (1er semestre 2024). Café Literario Bustamante, Providencia, Santiago de Chile.

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