por Vanessa Villa Arpe
Estudiante de Psicología en Práctica Profesional (2024)
Universidad Academia Humanismo Cristiano (UAHC)
En mi práctica profesional clínica desde la modalidad virtual, he tenido la oportunidad de trabajar con pacientes con diversas problemáticas y acompañarlos en su camino a la comprensión de sus conflictos internos. A la vez, he notado que algunos pacientes tuvieron dificultades para establecer una conexión transferencial conmigo a través de una pantalla. Me he preguntado si mi enfoque en la asociación libre está siendo suficientemente flexible para adaptarse a las limitaciones y posibilidades del entorno virtual. ¿Cómo puedo crear un encuadre terapéutico que sea lo suficientemente seguro y acogedor para permitir una exploración profunda de los pensamientos inconscientes a pesar de la distancia física? Desde este contexto, ¿cuál sería mi rol como analista y cómo podría crear un ambiente terapéutico que adecúe la asociación libre?
En este camino tuve la oportunidad de trabajar con distintos pacientes que han querido seguir en terapia en el presente, como otros han decidido abandonarla. Viene a mi mente una paciente, V: había estado en terapia conmigo durante casi 10 sesiones, explorando temas relacionados con la depresión y la ansiedad. Sin embargo, en la última sesión no se logró conectar y envió un mensaje comunicándome que había decidido abandonar la terapia online porque no se sentía cómoda estar frente a la pantalla y se encontraba en un espacio en el cual no podía hablar libremente. Comenta a la vez que prefería buscar una terapia más personal y directa con un terapeuta.
Al principio, me sentí sorprendida y un poco desanimada por su decisión, ya que había dedicado tiempo y esfuerzo en trabajar con ella. Me pregunté si había algo que hubiera podido hacer de manera diferente para retenerla en la terapia online, en vez de aceptar inmediatamente su decisión de abandonar la terapia. No obstante, a medida que revisaba mis apuntes y reflexionaba sobre las sesiones que hubieron, me di cuenta que había algunas dinámicas que contribuyeron a desistir de la terapia. Una de ellas, la expectativa de la paciente que tuvo con la terapia y que no se lograron a cumplir o no fueron efectivas para ella. Pese a la flexibilidad que como analista entregué en cada sesión, realizar un re-encuadre para que el horario fuera adecuado para ambas y la comprensión desde el lugar donde la paciente se conectaba, tal vez, podría haber contribuido a la sensación de la paciente V de que no se estaba adaptando a sus necesidades y preferencias.
Además de la dinámica que mencioné anteriormente, también me di cuenta de que la paciente V había estado mencionando que el espacio donde se conectaba para las sesiones, era un desafío. Comentaba que su familia a menudo hacía ruido en el fondo mientras ella estaba en sesión, lo que interfiere en su concentración y poder abrirse más en su relato. Refería que no había otro espacio en su casa donde pudiera conectarse sin interrupciones y, pese que pedía a su familia que hicieran silencio, ellos respondían de manera agresiva y eso hacía sentir incómoda a la paciente V. Esto fue otro factor que también pudo haber contribuido a su decisión de desistir de la terapia.
A pesar de indagar con ella la posibilidad de encontrar un espacio alternativo para las sesiones, la paciente V siguió prefiriendo conectarse desde su habitación y omitió el cambio. Le sugerí considerar utilizar un espacio en la biblioteca o en el instituto donde estudiaba, pero ella no parecía interesada en explorar esas opciones. Me di cuenta de que, aunque había ofrecido tales opciones, siento que no presioné lo suficiente para que ella considerara cambiar de espacio. Me cuestioné, pensando que dispuse demasiado de mi parte en adaptarme a sus preferencias, sin considerar cómo el entorno estaba afectando la calidad de las sesiones y la terapia.
Siguiendo mi reflexión, me percaté de que la paciente enfrentaba ciertas barreras internas que le impedían buscar un espacio alternativo. La habitación de la paciente V, representaba un espacio de fantasía y escape, donde podía desconectarse de las demandas y expectativas de su familia y conectar con su propio mundo interno. Me pareció que su habitación era un símbolo de separación, un espacio donde podía experimentar mayor control y dominio en un entorno donde se sentía abrumada. Siento que, al sugerir el cambio de espacio, en cierto sentido, estaba amenazando su capacidad para mantener ese espacio de fantasía y escape, ese espacio de separación, esa necesidad inconsciente de crear un espacio mental y físico donde ella puede alejarse de tales demandas y estrés de su entorno familiar y social.
Noté que, como analista, debía ser más sensible a las dinámicas inconscientes que estaban en juego, y no ver simplemente su resistencia a cambiar. Debí explorar más las asociaciones inconscientes que tenía en con su habitación y haber podido encontrar formas para que pudiera experimentar una sensación de seguridad en otros espacios, sin sacrificar su necesidad de escape y fantasía. Tal vez, esto pudo ser otro factor que afectó la capacidad de beneficiarse de la terapia virtual, el invadir tal espacio de escape.
La abrupta interrupción de la terapia por parte de la paciente V, mediante un correo electrónico, me dejó con una sensación de discontinuidad en el proceso terapéutico. A pesar del esfuerzo por establecer una alianza terapéutica, no se logró un avance con la resistencia de la paciente a explorar su espacio que parecía ser un aspecto crucial para seguir abordando y entender cómo gestiona su energía psíquica para evitar explorar esa fantasía y escape.
Ante la falta de profundizar en la comprensión de sus mecanismos de defensa y evitación, el no lograr explorar y comprender desde la transferencia de la paciente hacía mi, como analista, limitó significativamente el potencial terapéutico. Pese a que hubo mejoras superficiales en su forma de hablar y expresarse, no se logró una comprensión más profunda de la paciente.
Al considerar mi experiencia sobre este caso, en el contexto de la terapia vía virtual, me doy cuenta de que su necesidad de fantasía y escape me permitió explorar las complejidades de la relación terapéutica y los límites del encuadre psicoanalítico en un entorno virtual. Esa falta de la presencia física y la dependencia de la tecnología para lograr una comunicación efectiva entre el paciente y analista, de alguna manera, fueron también parte de lo complejo que fue esta relación terapéutico. Pero a la vez, me permitió explorar nuevas formas de conexión y comprensión con la paciente V y con mis otros pacientes.
Como analista en práctica, debo ser consciente de cómo la vía online influye en la dinámica terapéutica y cómo puedo abordar mejor mi enfoque desde la perspectiva psicoanalítica, como el ser más flexible, atenta a las dinámicas inconscientes y utilizar estrategias para abordar tales necesidades únicas de cada paciente. La experiencia en la práctica me ha enseñado que la terapia online puede ser una herramienta poderosa para alcanzar a pacientes que no podrían acceder a una terapia de manera presencial y otros, como en el caso de la paciente V, no resultan ante las expectativas de la terapia y la resistencia desde el inconsciente. Me siento agradecida por la oportunidad de vivir esta experiencia de poder atender a pacientes y conocer, indagar y explorar más desde el psicoanálisis.
Villa-Arpe, V. (2024). Presentación sobre encuadre. En Jornada de Cierre del Programa de Formación en Psicoanálisis de Bustamante 72 (1er semestre 2024). Café Literario Bustamante, Providencia, Santiago de Chile.