por María Fernanda Cerda Vásquez
Estudiante en Práctica Profesional (UAHC)
Este texto fue escrito como una forma de pensar, desde mi lugar, en formación, que es interpretar en el marco del dispositivo psicoanalítico. Lo comparto como una elaboración en tránsito, no como algo cerrado.
Hablar de interpretación en psicoanálisis implica alejarse de toda ilusión de claridad, de desciframiento transparente o de verdad estable. Muy por el contrario, supone sumergirse en una zona de ambigüedad productiva, donde el lenguaje hace vacilar al sujeto y el sentido se crea, o incluso se impone, en el mismo acto de interpretar. En este desplazamiento desde una hermenéutica de la verdad hacia una pragmática del efecto, la interpretación se sitúa, como muestra Bruce Fink (2007), en la estela de Freud y Nietzsche: interpretar no es revelar lo oculto, sino producir un corte, un movimiento, una perturbación.
Lejos de pensar que el sentido está dado, esperando a ser extraído, la interpretación en psicoanálisis opera sobre el discurso del analizante para hacer surgir lo no dicho, lo que nunca ha sido simbolizado, eso que Lacan llama lo real. Su impacto puede no sentirse en el momento, sino emerger luego en un sueño, una escena repetida o un gesto inadvertido. Su valor no reside en la comprensión consciente, sino en su capacidad de abrir el decir, de provocar un efecto de verdad que interrumpa el discurso habitual.
Alberto Giordano (2023) propone pensar la interpretación no como una actividad neutral o descriptiva, sino como una intervención situada, atravesada por decisiones, lecturas y valores. Advierte que toda interpretación implica un gesto que incide sobre sentidos ya establecidos, más que sobre hechos en bruto. Esta ética del posicionamiento resuena en la clínica: el analista no traduce ni explica desde un saber previo, sino que interviene para sacudir el discurso del analizante, provocar desplazamientos y abrir lo que estaba cerrado. El analista no debe asumir el rol del “yo que comprende”, pues eso refuerza la alienación del sujeto. Frente a la tentación de ofrecer sentido, el analista debe ocupar el lugar del objeto a, ese punto de vacío desde el cual se causa el deseo. La interpretación, entonces, no es semántica sino acto: no se trata de decirle al paciente lo que es, sino de suscitar el surgimiento aquello que no sabía que sabía.
Desde esta perspectiva, la interpretación lacaniana revela su estructura equívoca, oracular, incluso poética. El analista trabaja con ambigüedades, homofonías, torsiones del significante. Una buena interpretación, según Fink (2007), debe ser polivalente, generar resonancias, provocar asociaciones, producir desplazamientos. Si se comprende demasiado rápido, probablemente se trate de una sugestión, no de una interpretación analítica. Como decía Lacan, la interpretación no está hecha para ser comprendida, sino para hacer olas. (Lacan en Fink, 2007)
Graciela Brodsky refuerza esta lógica al afirmar que la interpretación no tiene valor por su claridad, sino por sus efectos.
Si aceptamos que el efecto mutativo de la interpretación se mide por sus consecuencias, hay que dar entonces el tercer paso, y preguntarse quién evalúa los efectos. Normalmente cuando un paciente va a ver al médico, este indica una medicación, evalúa los resultados, y concluye: usted está sano. Sabemos que no siempre es así, y que a veces los pacientes insisten en que se sienten mal cuando todas las pruebas confirman su buena salud (…) Para nosotros la cosa es más complicada. Probar la eficacia de la interpretación nos coloca en un terreno delicado. Ahí la interpretación es un poco como el chiste, no importa cuán bueno sea. Quien decide su eficacia no es quien lo cuenta sino quien lo escucha.
Así, la interpretación analítica es una operación que no prueba nada, pero que puede conmover el discurso y abrir una brecha. Es verdadera si produce efectos de verdad, aunque el analizante no los comprenda del todo. El analista no ocupa un lugar de saber, sino que opera sobre el lenguaje desde el equívoco, la puntuación o el corte, para hacer tambalear el fantasma.
En una sesión, la paciente se detiene frente a mi intervención que nombra su tendencia a “irse por las ramas”. Con tono levemente molesto, pregunta: “Y como se supone que no me vaya por las ramas si toda mi vida me han dicho eso? Capaz estoy perdiendo tiempo importante en decir lo que de verdad quiero decir”. En lugar de responder desde la técnica o el deber, le propongo – hablemos de ramas –. Guarda silencio y luego dice: “me sobreexplico… es la sobrevivencia siempre. Irme por las ramas es justificar que existo”. En ese momento, le recuerdo que en otra sesión habló de entrar al bosque no solo de noche, sino también de día y de no tener que estar pendiente de que rama la afirmaba. La paciente asocia inmediatamente: “es lo mismo… Pura sobrevivencia. Si me estoy sobreexplicando, estoy reapareciendo”. Esta intervención permitió enlazar un significante reiterativo del análisis –las ramas– con la lógica de la defensa, la justificación de la existencia y el deseo de reaparecer, lo que abrió un movimiento de elaboración sostenido por la transferencia.
Esta experiencia me recordó cuán frágil y vital es el acto interpretativo y como, a veces, más que decir “que quiere decir”, lo importante es sostener el silencio y abrir el espacio para que emerja un decir distinto. Acompañar el surgir imprevisible del deseo y la palabra. Ese desafío cotidiano, me conecta con la ética del psicoanálisis y me recuerda que interpretar no es explicar, sino provocar un movimiento que no puedo predecir ni dominar.
El psicoanálisis no busca explicar al sujeto, sino permitirle escucharse de otra manera. El analista apunta a la falla, a ese lugar donde el sentido se escapa. Como escribe Giordano (2023), interpretar es un gesto amoroso y riesgoso: implica poner en juego lo que no se sabe, dejarse afectar, sostener una conversación que no se cierra. En la transferencia, el analista encarna una presencia que no da respuestas, sino que devuelve preguntas e interrumpe las certezas.
En este punto, resulta pertinente recuperar lo que Lacan plantea en las primeras lecciones del Seminario XV (1967/68), allí sostiene dos ideas clave: por un lado, que el acto psicoanalítico funciona como soporte de la transferencia y de la interpretación —lo cual sugiere que hay algo de lo insoportable en el análisis—, y por otro, que el acto corresponde al analista, mientras que el hacer es del analizante (Lacan, 1967/68). Esta diferenciación nos permite pensar la interpretación como parte del acto mismo, no como una técnica comunicativa sino como una forma de sostener el dispositivo, propiciando el trabajo de lo inconsciente desde un lugar que no es el del saber sino el del acto que lo soporta.
Interpretar en psicoanálisis es, en definitiva, sostener una tensión ética y técnica entre el no saber y la escucha, entre la intervención y el silencio, entre el deseo y el acto. Es jugar con el lenguaje para rozar lo real sin clausurarlo, resistiendo la comodidad de la explicación. Es, en última instancia, una apuesta por la palabra como lugar de transformación.
Referencias
Brodsky, G. (2001). Las pruebas de la interpretación. Virtualia: Revista digital de la Escuela de la Orientación Lacaniana, 1(1).
Fink, B. (2007). Fundamentals of Psychoanalytic Technique: A Lacanian Approach for Practitioners. W. W. Norton & Company, Inc.
Giordano, A. (2023). Sobre la interpretación. Qeja.
Lacan, J. (inédito). Seminario XV: El acto psicoanalítico (1967-1968).
Cerda Vásquez, M. F. (2025, julio 26). Sobre la Interpretación. En Jornada de Cierre del Programa de Formación en Psicoanálisis de Bustamante 72 (1er semestre 2025). Café Literario Bustamante, Providencia, Santiago de Chile.
