Le Gaufey, G. (2020). Guy Le Gaufey. En L. Laufer, Cartas a Lacan (pp. 31–37). Agálmata.
París, 10 de marzo de 2018
Estimado Señor:
Es usted uno de esos pocos con quienes yo he utilizado la palabra “Señor”, socialmente tan común pero de un empleo más que excepcional para mí, siendo la única otra persona que tenía ese derecho, en la época en que comencé a dirigirme a usted, mi director de tesis, Algirdas Julien Greimas. Ese término señalaba a mis ojos la distancia que otorgaba a ustedes dos en cuanto a los saberes en los que ardía por introducirme: la semiótica y el psicoanálisis. La fábrica de sentido, y la del sujeto; una manera de hacerse presente a la significación que anima la mejor poesía, incluso si, replegada sobre su acto, ésta me parecía a menudo pretenciosa con su pequeño costado “¡He aquí el trabajo!”. No, lo que yo quería era saber por qué y cómo ocurre que pueda uno conmoverse de tal modo leyendo apenas unas líneas, algunas palabras, por qué casi nada llega a la altura de la emoción que suscita en mí un expresión afortunada, un anacoluto inesperado, una serie de adjetivos que vale lo que todos los vasos de champaña. Desde la infancia, siempre supe procurarme los libros que quería, de un modo o de otro, y no dejé de recorrerlos en una espera a flor de conciencia, diciéndome siempre: con éste, la cosa funcionará otra vez. El incalculable número de decepciones nunca mermó esa convicción. Sigo creyendo en ella.
Hay que decir que con usted estuve servido, desde mi primera lectura de los Escritos, en 1967. Eso ocurrió no mucho después de que leí, de un tirón, en algunos días (y algunas noches), las Confesiones, del querido Jean-Jacques. Salí de ellas pasmado, aprendiendo algunas páginas de memoria para prolongar la emoción, caminando por las calles u ocupado en trabajos alimentarios.
En esa época, acababa también de ver el último film de Françoise Truffaut, Fahrenheit 451. No había leído la novela de Ray Bradbury, pero me encontraba en buena disposición respecto de Oscar Werner quien, con su indescriptible acento alemán, cuatro años antes me había sacudido en Jules et Jim. Los libros habían acabado quemándose en la pantalla sin que yo me conmoviera demasiado (la ciencia ficción me deja helado), hasta que llega la última escena. Tanto la he vuelto a ver que perdió su fuerza, pero durante mucho tiempo me empañó los ojos. El filme, hasta ese momento en colores vivos, pasa al gris. Nieva un poco en un bosque raquítico, del tipo de bosque de Meudon en invierno, y algunos personajes con abrigos se pasean ignorándose unos a otros. Cada uno recita el libro que ha hecho suyo, en ese mundo en el cual ya no los habrá más. Las miradas están vacías; las voces de alumno aplicado salmodian y soliloquian. Me pareció haber sentido físicamente el movimiento que me precipitó hacia la pantalla. Yo era uno de esos. No podía ser otra cosa. Cualquiera lo sabía.
No tuve sin embargo, se lo confieso, el sueño de tener sus Escritos instalados de manera estable en mi memoria (y tampoco las Confesiones, dicho sea de paso), sino los libros que me han hecho ser lo que soy: en fin, los trozos de libros de que estoy hecho, es simple: soy su autor. No es que crea haberlos escrito (aunque…), pero muy pronto ya no supe distinguir entre lo que les debo y la voz que les presto (oh, L’Innommable!). En el momento de publicar, me pliego ante todos los semblantes necesarios para marcar una docta distancia entre el autor al que invoco y mi prosa, destaco bien mis citas a pie de página… en vano: mis autores preferidos se invitan en incógnito. Habría hecho falta, por ejemplo, que un día escuchara mi voz proferir en una conferencia: “Y máxime…” para reconocer en ello, atónito, una punta de frase tomada de Yves Bonnefoy, la cual era evidente se me pegaba al paladar desde… ¡no podría decir desde cuándo!
Imagino entonces que mi deuda con usted va más allá de cualquier honesta evaluación, porque son ya cincuenta años cumplidos que, un año sí y otro también, recorro en todos sentidos sus Escritos, sus Seminarios, sin contar los textículos1 diversos y variados que la reputación de usted ha hecho reunir ciegamente. ¿Por qué esta constancia? ¡Nunca ha sido mi fuerte la fidelidad en las cosas del espíritu! En el camino abandoné otros autores a quienes tenía en alta estima: Duras, Auster, Deleuze, Le Clézio, Serres, Char, Derrida, ¡incluso Foucault! ¿Por qué a usted no?
Quizá por su oscuridad… Oh, ella no rezuma de cada una de sus líneas y más bien se deja oír en una especie de bajo continuo, audible en algunas palabras iracundas que a veces vienen a usted, no al encuentro de un triste soldado del ejército de los imbéciles (que a usted tanto le gustaba fustigar, a mí no), sino respecto de la vida, o de algo parecido. Tengo entonces la impresión de estar a su lado, en una sala de hospital, escuchando la sombría melopea de un melancólico ante el fin del mundo, cercano, o peor: tomado por ese síndrome de Cotard el cual presencié, una vez, en alguien entregado al horror de una muerte imposible a falta de un cuerpo que entregarle. ¿Por qué me es necesario eso para experimentar en todo momento esa “fraternidad discreta en la medida de la cual siempre somos demasiado desiguales”? (Aquí no necesito ir a verificar mi cita, su pluma es la mía).
Y luego está el saber, por supuesto. Un día, a usted, a quien yo no había tratado hasta entonces, en un congreso de su escuela, de la que yo no era miembro aún, lo jalé de la manga para decirle que el apoyo tomado por usted, en tal o cual seminario, sobre el teorema de Stokes, para justificar la constancia del empuje de la pulsión en Freud, parecía muy frágil y que quizá sería preferible destacar a este respecto una de las catástrofes de su amigo René Thom: el corte. Curioso, de entrada nos invitó, a mi amigo matemático alumno de Thom (Jean Petitot) y a mí, una tarde de domingo, a su consultorio de la calle de Lille, disculpándose de que su restaurante/comedor estaba cerrado a esa hora. Pluma en mano, tomaba usted nota de lo que le contábamos, hasta que hubo que pasar a los “espacios de Hilbert”, necesarios para la demostración del punto de inestabilidad de la curva. Jean comenzó con un: “¡Uy! Es muy complicado…” Y usted le respondió: “¿No puede usted explicarme? ¡Yo tengo sesera, como todo el mundo!”. Y así fue.
Aquello no tuvo el mínimo impacto en su enseñanza, tan consagrada ya al nudo borromeano, pero a mí me dio igual, porque lo importante sigue siendo que aquella tarde pesqué en directo un poco de su actitud ante el saber, muy parcialmente vertida mediante el intercambio narrado. Me hizo bien esa sesera. Las turbulencias de su personaje privado y social (con el cual, por lo demás, tenía yo poco que ver) no le quitaban mucho a lo que yo presentía de su atracción por los saberes, en todas direcciones, y eso era lo que contaba… perdón: lo que cuenta.
Otro día —engrano algunos recuerdos comunes, feliz como estoy de tomar un poco la palabra— esperaba mi turno para la sesión de control a una hora que se había vuelto ritual, sentado en su sala de espera en que, aquella mañana, venía usted regularmente a pescar a algún otro olvidándome a mí en el sillón. El tiempo volaba, y yo mismo tenía citas que me esperaban y con las cuales no quería retrasarme. Luego de tres cuartos de hora, me levanto y me voy, sin muchas ganas. Son como las 11:20. En la tarde, al sonar las cuatro, tocan en mi consultorio. Es un empleado de PTT2 que me lleva un “pneu”3. Tardo en entender. Nunca había recibido (¡ni enviado!) un “pneu” en mi vida (esto ubica la historia, era en 1977). Adentro, unas pocas palabras de la mano de usted: disculpas por el desencuentro de la mañana, una propuesta de cita en reemplazo, al día siguiente, y una fórmula final que me hace reír. “Sea puntual”. Me digo: “¡Bueno, este tipo tiene agallas!”4 Pero también sé al mismo tiempo el porqué de la precisión; la hora propuesta es un poco antes de que usted tuviera su presentación de enfermos en Sainte-Anne (a la cual yo igualmente asistiría). Al día siguiente, a la hora convenida, usted me recibió, intercambiamos una breve y discreta sonrisa, y a nuestro asunto.
Fue después de ese verano de 1977 cuando la cosa empezó a descomponerse, cuando precipitadamente volvió usted de sus vacaciones en Guitrancourt y me invitó a ir a verlo a la calle de Lille, con algunos otros a quienes también telefoneó para adelantar las citas de septiembre acordadas en julio; en ese final de agosto, me causó una impresión extraña, con el aire de no dar pie con bola. Luego Gloria volvió de sus vacaciones, y todo pareció volver a ser como antes. Sólo que comenzó a crecer el rumor de noticias extrañas sobre usted: una cachetada por aquí, un puñetazo por allá, una andanada de injurias, macetas arrojadas por la ventana. Aquello iba mucho más lejos que los bufidos debidos a un temperamento un poco vivo. Yo escuchaba perplejo aquellos rumores, porque yo no tenía nada que ver con todo eso de usted. El día en que, en octubre de 1979, le hice saber mi decisión de poner fin al control iniciado cinco años antes, me tendió la mano tranquilamente y me dijo: “Espero volver a verlo”, a lo cual repliqué: “Yo también, Señor” (¡ha de haber estado usted harto de mi “Señor”!). De hecho, volví a verlo sólo una vez más, en marzo de 1980, en la reunión llamada “de PLM” en la que se trataba de sondear a la tropa, de “descabezar la escuela” para que se votara la disolución, anunciada por usted en enero, y desaprobada por todos en julio. Por última vez estreché su mano; mudo, la mirada vacía, estaba usted hasta la coronilla5. Durante toda esa reunión, Althusser recorría la sala de un lado a otro, con las manos en la espalda, sombrío e inquieto. Llovía.
Jornada siniestra.
En todos esos años, su personaje social de gran burgués germanopratino6 me dejaba en el mejor de los casos indiferente. El coleccionista de arte, el dandy, todo eso… ¡bueno! Asunto suyo, cada quien su vida. ¿Pero por qué diablos tenía que haber más que un nudo borromeano? ¿Por qué por años irritó a Soury con preguntas sobre esto? Yo no lo entendía, y eso me intrigaba mucho. Hasta el 9 de enero de 1979 en que, en un anfiteatro que reunía hasta mil personas y en que apenas éramos ochenta, con una voz fatigada, horadada de impresionante silencios, anunció a usted que a fin de cuentas, había que acordar: no había más que un solo nudo. En el acto concluía que su aserción clave según la cual “no hay relación sexual” no tenía otro sostén que el hecho de que usted, Jacques Lacan, la había enunciado. Salí de ahí pensativo: cuando un referente ahueca el ala, ¿no queda sino el sujeto del acto de palabra?
Un año después, en marzo de 1980, durante las “Jornadas de la disolución” mantenidas en la Maison de la chimie ante un público en ebullición sobre cuestiones de fidelidad, de traición, de poder, de institución, de la ley de 1901 y tutti quanti, presenté un trabajo titulado “El grano de sal de la enunciación”, basado en su seminario del 9 de enero anterior. Ya que entonces sí (entre tanto lo había verificado con Pierre Soury) no había más que un solo nudo —cosa de la cual pretendía producir una demostración con ayuda de dibujos numerados— quería dar su estatuto al hecho de que, para terminar, no hubiera usted encontrado más que su enunciación para fundamentar el axioma decisivo de su enseñanza. Me hubiera gustado que usted estuviese ahí para escucharlo, pues era usted a quien todavía me dirigía, no esas personas que abrían los ojos desorbitados ante mis esquemas que demostraban la irreductibilidad de los nudos levógiros y dextrógiros, ni a Michel Sylvestre, mi presidente de sesión del momento, que en voz baja me presionaba para concluir pronto esas palabras escandalosamente fuera de tema.
La noticia de su muerte, un año y medio después, no me afectó especialmente. Delenda, esa publicación que usted había establecido en el curso de aquel 1980 de la Causa freudiana, ayudó en mucho produciéndome en ocasiones náuseas: aquellos que, todavía ayer, cerraban reticentemente el pico, ahora no tenían palabras suficientes para clamar su amor por usted. Me gusta creer que usted no leía nada de eso, pero en el fondo no lo sé. Y además había que declarar la guerra sin cuartel a aquellos y aquellas que lo habían traicionado. Tras algunos meses de este régimen, supe que no formaría parte de esa nueva escuela de la cual yo temía quedara encerrada en esa retórica partisana que me sacaba de quicio. Fue un poco después que dejé de dirigirme a usted, sin saber bien cuándo, en el curso de un seminario que decidí mantener ese año fuera de cualquier institución y cuyo argumento le había hecho llegar. Llevaba un título cuyo aspecto premonitorio percibí, sin medir su impacto subjetivo: partiendo de la física pascaliana y apuntando al objeto a, se llamaba: “El horror del vacío”. Ese vacío lo conocí aquel año, descubriendo de improviso que ya no me dirigía a usted, ni tampoco a otros.
Usted, no obstante, me habría tenido y retenido todo aquel tiempo e incluso más allá, por esa virtud que fue suya y que sólo se atribuye a las crías de elefante: una insaciable curiosidad.
Gracias.
Notas al pie
- Aparece así escrito en la versión al español de Agálmata Ediciones. [Nota del comentador]. ↩︎
- Servicio postal y de telégrafos [n. del tr.]. ↩︎
- Se llamaba así a mensajes intercambiados en la ciudad de París a través de tubos neumáticos; este servicio dejó de funcionar en 1984 [n. del tr.]. ↩︎
- “Il manque pas d’air” [n. del tr.]. ↩︎
- Plus las que la [n. del tr.]. ↩︎
- Adjetivo para designar a una persona del barrio de Saint-Germain-des-Pres, en París [n. del tr.]. ↩︎