Dufourmantelle, A. (2020). Modos operatorios del sueño. En Inteligencia del sueño: fantasmas, apariciones, inspiración (pp. 45-53). Nocturna.
El genio del detalle
Aparece un niño pequeño con botines rojos, te extrañas de que haya sido dejado solo. Acercas tu mano para tocarlo. Tienes los pies desnudos ahora, el pueblo se abre sobre un río salvaje. Hay un pájaro rojo delante tuyo que entra en el agua y desaparece a su vez.
¿Por qué rojo?
Cada detalle, en un sueño, figura el sueño entero. Todo elemento que lo compone es para tomar en consideración, sobre todo, los fragmentos que parecen no relacionarse con el escenario más que de lejos. Eso que parece ser el motivo central del sueño no es más significativo que el color de “una pequeña parte de muro amarillo”. Las escalas de valores, de urgencia, de tamaño, no son aquí respetadas. Las informaciones, las más mínimas, las cifras como al azar: todo es importante. Imposible jerarquizar, ni siquiera clasificar. Imposible también tener confianza en el sentido declarado de la secuencia onírica. En este juego, también Dios se encuentra en los detalles… Las migajas, en su borrosidad, nos dan la sensación de que lo esencial está suficientemente perdido en ellas mismas al aproximarse al corazón del sueño. En la Traumdeutung Freud considera que en un detalle que será repetido al menos dos veces se revela un motivo que la escena principal, de una cierta manera, desplaza. Y enmascara. Cada uno intercambia su lugar: el hueso central del sueño, se esconde en un signo mientras que la escucha del analista debería tender a ser captada por eso de lo que el sueño parece hablar. En ese sentido, este extraño ballet —desplazamiento, disfraz, trompe-l’oeil— se emparenta con la manera en la que una escena traumática es rechazada por la conciencia y en la que solo algunos fragmentos, en apariencia anodinos, vuelven a habitar al sujeto sin que pueda reconocerse el origen.
El sueño sabe ser un mecanismo de alta precisión. Sus soluciones son descifrables en múltiples registros, a condición de trabajar en desplazar sin cesar el ángulo habitual de la visión. Juegos de palabras brillantes, imágenes conectadas la una a la otra como un puente trenzado por encima del trauma, elipse de un sueño medio olvidado, cuyo recuerdo recuperado dice exactamente lo que el soñador, de manera constante, rechaza en lo cotidiano. El sueño no ahorra nada, y sin embargo no obliga jamás. Podemos no escucharlo, y sobre todo congelarlo. Recordarlo es ya consentir a estar en presencia de eso que nos cuestiona desde una noche más salvaje de lo que creemos. “En los sueños mejor interpretados, escribe Freud, debemos a menudo dejar un punto en la oscuridad, porque en el curso de la interpretación, percibimos que allí comienza un entramado de pensamientos del sueño que no se deja desatar y que no ha aportado nuevas contribuciones (…) a la inteligencia del contenido del sueño. Tal es el ombligo del sueño, el lugar donde se apoya en lo desconocido”.1
La inversión2
Uno de los modos operatorios del sueño que Freud ha reconocido y descripto es el retornamiento3. Como en Alicia en el País de las Maravillas, el sueño funciona según una lógica donde todo se puede invertir: odio en amor, búsqueda en fuga, persecusión en deseo, etc. Esta capacidad del sueño de transformar una acción (de pasiva en activa y viceversa) o la naturaleza de un personaje (que de bueno se convierte en perseguidor), pero también un objeto o una parte del cuerpo (deseo-asco), etc. es decisiva, tanto para la censura, que puede así operar a espaldas de la conciencia, como para la inteligencia que se despliega allí. Donde nos echamos encima una situación de impotencia, el sueño nos otorga un poder mágico para librarnos de ella, indicando una vía de resolución. Allí donde una persona nos parece deliciosa, el sueño subraya la sombra, por ejemplo su capacidad de celos o de envidia. Y esta inversión puede ramificarse en facetados sutiles, jugar en diferentes registros, modificar radicalmente una situación con el fin de que ella nos aparezca bajo una luz muy diferente como para que podamos reconocerla.
El sueño parece estar maridado con las estrategias de la neurosis, pero desplazándolas, empujándolas al límite, invirtiéndolas. El sueño encuentra soluciones inéditas a problemas antiguos, es decir, a las figuras mortíferas de la repetición. Trunca los datos de lo real disponibles a la conciencia (un recuerdo, un deseo, un proyecto) poniendo al descubierto otra verdad. Es el espejo deformante que dice la verdad. Lewis Carroll sobre este punto va más lejos que Kant. Si la conciencia no tiene en cuenta la violencia que puede habitar una pulsión hasta su punto de retornamiento, la razón ética no sabrá jamás darse cuenta de los esquemas de la repetición, ni de eso que la hace necesaria (en particular aquella del mal repetido, soportado o actuado). El sueño, invirtiendo todos los códigos que componen nuestra imagen del mundo, viene a revelar, en una empresa quijotesca, el deseo que secretamente nos sostiene y arma nuestra vida.
¿Y si, en esta lógica del retornamiento la censura fuera utilizada, ella también, para producir una revelación? En ese caso ella no bloquearía el acceso a una verdad rechazada del pasado, sino serviría a los fines de una mutación en curso. El sujeto que sueña es un individuo peligroso que debería ser llevado ante las autoridades de la conciencia. Ya que el sueño es un procedimiento subversivo de información, al revés que la pulsión de muerte donde el sujeto puede elegir escuchar o no. Tomar en cuenta o ignorar. Un sueño puede cambiar una vida. El genio que el sueño despliega, no viene solamente de los cimientos del deseo desconocido, sino de lo alto, de una información de lo real que nos precede y nos excede.
El vector de conversión
El sueño es el doble cinético de nuestro estar-en-el-mundo. Está siguiendo nuestro presente, ofreciendo y a su vez robando por momentos a la conciencia eso que está llegando, cuya génesis y movimiento nos cuesta tanto comprender. Solo él expresa nuestra fragilidad en su punto de incandescencia, ahí donde ella se convierte en poder mágico, en fuerza, en libertad. El deseo de escapar de su cuerpo carnal tiende la cama del sueño que anuncia una nueva capacidad de “escalar”. El sueño da alas. Da el permiso de transformarse. La identidad del soñador es múltiple, inacabada. Es esta capacidad de metamorfosis que, en su arborescencia, viene a ofrecer las soluciones a nuestros obstáculos. Pero el sueño sólo levanta vuelo en ocasión de nuestros abismos. Si no hace a la economía de la cuestión del mal, su amoralidad no es sin ética. Pero el mal con el que soñamos ¿es el nuestro? ¿Cómo leer el sueño del tirano, del asesino, del violador? Nos impide olvidar que es en el lugar de la denegación de nuestra vulnerabilidad que puede nacer la crueldad.
Nuestra responsabilidad consiste en tomar con cuidado eso que en nosotros es capaz de soñar —como de rezar o de ascender a una cima de 8000 metros sin oxígeno. La capacidad es una manera de estar en el mundo, donde el valor de sentido se activa o se desactiva según la manera en la que nos apoderamos y lo confrontamos. Porque no hay una solución imaginaria al rechazo sino una dinámica, en el sentido deleuziano del término, “el hallazgo del sueño” que traduce en imágenes y en palabras un real que nos convoca a responder por él.
El sueño, desde el borde más sensible de nuestro deseo, expresa eso que está en gestación pero sobre todo, él es en sí mismo, una fuerza de mutación; un vector de conversión. Es por eso que nos eleva. Eso que los Indios sabían, que los ritos iniciáticos toman al sueño con seriedad y al viaje en esos territorios como uno de los más peligrosos.
Un sistema periódico
Te persigo, intentas escapar y de pronto sientes que el suelo se aleja, tomas altura, vuelas.
Amaríamos poder, como lo hacemos en química, establecer un sistema periódico del sueño. Y decir:
Que el agua de los sueños —oceánica, de ríos, de lagos cerrados— es la madre matricial dentro de quien, antes de nacer, nos “bañamos”, esa que ha sido para nosotros la primera aparición del mundo.
Que el animal es el ser pulsional que nos habita, según los rasgos que toma prestados.
Que el niño del sueño es todavía nosotros mismos, que su presencia acusa abandono.
Que eso que perseguimos en la pesadilla, puñal en mano, es el rostro invertido de nuestro propio deseo de muerte.
Que el desconocido con el que compartimos un erotismo de una libertad sideral es tal vez el amigo más próximo con el que nos callamos a nosotros mismos el deseo.
Que el miedo al avión, trasladado en sueño, evoca otros transportes prohibidos, que el terror está demasiado cerca del deseo.
Que todos los espacios en los que encontramos refugio en los sueños son un reflejo de nuestro envoltorio carnal, como la manera en la que tratamos nuestro cuerpo.
Que somos todos los personajes del sueño.
Estas correspondencias y miríadas de otras existen, pero los elementos que las componen no son compatibilizables dentro de alguna regla. Cada sueño crea su propia materia simbólica y usa, para este hacer, esquemas algunas veces milenarios y significantes cargados de historia. Eso que él extrae de la singularidad de un deseo, de un destino, nadie lo sabe porque es el soñador que, recordando su sueño, se cuenta una historia del sueño. Eso que quedará luego, algunos días o algunos meses más tarde, va a componer un fermento tan sutil como el sueño mismo y enriquecerá la capacidad imaginaria del soñador y su acceso a la secreta maquinaria deseante.
Las palabras del sueño
“…porque el lenguaje es eso que, para todos nosotros, ‘sueña y crea’ mucho antes que el individuo mismo se ponga a soñar y a crear…”
L. Binswanger
No hay descubrimiento de un sueño sin relato, es decir, sin alteridad. Y la escucha, distraída o paciente, de otro —cuando incluso este otro sería el soñador mismo— o de muchos otros. Hay en el relato del sueño los restos de una ceremonia, las migajas de un gran banquete del cual no recordaríamos en honor a quién ha sido dado. Las culturas, indias principalmente, guardaron preciosamente el recuerdo de las reglas por las cuales una comunidad recobra sentido alrededor de compartir un sueño. Para nosotros, la ocasión está reservada a la sesión del analista, al amigo o al amante, al desconocido cruzado en la noche a quien, de pronto, se lo confiamos. Sin embargo, es un establecimiento extraño por la elección de palabras, pero también por el momento y el tiempo que se da para decirlo.
Las palabras que cuentan un sueño buscan recobrar el sabor, la atmósfera, la vibración. Son aquellas por las cuales se devela el infinito registro de la sensibilidad de el o la que duerme. En una sesión, un sueño no transporta solamente imágenes, sensaciones, recuerdos, sino también trozos enteros de la literatura y las otras artes. El lenguaje que el psicoanalista vendrá a poner muy dulcemente, a veces muy silenciosamente, sobre las palabras del sueño añadirá una sustancia nueva al sueño. Y según la manera en la que sea escuchado, alterado, o ignorado, un sueño cambiará de sentido, de efecto, de territorio.
El sueño ignora el principio de no contradicción
La lógica del sueño no cede al principio de no contradicción. Que A no sea igual a no A no existe en el principio de la invención onírica. Contrariamente a Aristóteles, quien funda sobre el principio de no contradicción y de causalidad el orden del logos, la inteligencia del sueño es post-aristotélica. Ni la utilización polisémica del vocabulario y los signos en una secuencia onírica, ni la argumentación que parece seguir o la lógica que la sostiene, obedece a los principios a los cuales nosotros tenemos el hábito, por conveniencia, de plegarnos.
Las palabras traídas por el sueño, las hay de todas clases: cortadas, tachadas, sugeridas, borradas, invertidas. Hablan por ellas mismas o traducen los significantes en entradas múltiples: datos, cifras, órdenes, listas, afiches… La invención de la que dan prueba, su disposición en la escena onírica, pero sobre todo su restitución en el relato que será hecho, construyen una charada donde el “todo” no será accesible jamás y no tiene por qué serlo, su riqueza es a ese punto infinita. Estas palabras del sueño crean otra lengua donde las ocurrencias, las elipsis, las repeticiones, las metáforas, las alusiones forman un texto que se nos presenta como un enigma claro, pero sobre todo como un tesoro del ser. Su plasticidad como las múltiples interpretaciones a las cuales se prestan, hacen del sueño un objeto mágico, es decir, un vector de sentido en tiempo real. Porque cuando el sentido opera fuera de nuestra posibilidad de comprensión, o al menos cuando él la excede, podemos decir que se produce una suerte de fenómeno sobrenatural. Es un efecto que da el sentimiento de profecía. El carácter oracular del sueño viene de esta lengua nueva alojada como un dispositivo de inteligencia mayor, cuyo soñador es en cierta manera el depositario, el guardián, y el instrumentista.
¿Y si la falta de respeto, por el sueño, del principio de no-contradicción formaba la matriz de su fuerza combativa, en lugar de ser una puerta “de escape”? Podemos decir del sueño, como buen dialéctico, que mantiene las contradicciones a la vez que las supera (Aufhebung). La contradicción lógica, cuando surge de una secuencia onírica, es trascendida con los elementos mismos del conflicto psíquico. Las situaciones intrincadas se resuelven como por encantamiento, los deseos inconfesables son empujados hasta lo absurdo, los traumas son revividos y transmutados, incluso a costa de que la pesadilla se imponga en el lugar de donde surgen los recuerdos más enterrados. Pero nada es dejado al azar, o afuera.
Si la actividad onírica deja un deseo en migajas para que se recomponga en la tregua de nuestras noches, ¿está sin embargo sometida al rechazo? El sueño ¿no es un dispositivo transgresor en relación con el armamento moral que querría darnos la razón contra él? ¿No levanta más bien una empresa saludable para la conciencia de falsificación en regla con nuestras representaciones?
Es eso sobre lo que un sueño insiste —ahí donde la guerra trae furia, donde el conflicto se escucha, donde el terror se disimula bajo los trazos de una extraña dulzura— es una línea de riesgo.
Notas
- Primera sección del capítulo VIII de La interpretación de los sueños, dedicado al olvido de los sueños, op.cit., p. 578. El subrayado es mío.
Sigmund Freud, Obras Completas, t. V, cap. 7, punto A, Amorrortu, Buenos Aires, 2001. ↩︎ - cf. Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. En Obras completas (Vol. 4). Amorrortu. p. 332-3.
Laplanche, J. y Pontalis, J.-B. (1996). Transformación (de una pulsión) en lo contrario. En Diccionario de psicoanálisis (pp. 446-447). Paidós. [N. de B72] ↩︎ - En el original, “retournament”: cambio, vuelco, inversión. Preferimos “retornamiento” porque nos permite pensar una operación topológica. [N. de T.] ↩︎