Los tres registros de la estructura del sujeto: imaginario, simbólico, real

Cosenza, D. (2018). Los tres registros de la estructura del sujeto: imaginario, simbólico, real. En Jacques Lacan y el problema de la técnica en psicoanálisis (Cap. 1). RBA Libros.

No es posible orientarse efectivamente en la teoría analítica de Lacan sin tener presente la diferencia entre los tres registros que constituyen en su discurso la estructura del sujeto y que organizan su experiencia. Para los objetivos de este trabajo, es esencial una definición, si bien sucinta, de lo Imaginario (I), de lo Simbólico (S) y de lo Real (R), puesto que estos conceptos se encuentran en el centro de las argumentaciones lacanianas sobre la técnica analítica y sobre la dirección de la cura, y constituyen los puntos de referencia esenciales de todo el razonamiento, la crítica y el distanciamiento avanzados por el psicoanalista francés. Ante todo es importante explicar mejor en qué sentido estos tres registros constituyen la estructura del sujeto. Esto significa en primer lugar que todo ser humano estructura su existencia en torno a estos tres ejes, que no tienen entre ellos una relación de sucesión (es decir, no se desarrollan el uno detrás del otro, en tiempos diferentes), sino de sincronía: desde el primer momento, el sujeto humano, en su venir al mundo, es apresado en las redes de lo imaginario, de lo simbólico y de lo real. En segundo lugar, significa que todo acontecimiento esencial en la historia del sujeto puede ser leído adecuadamente si nos limitamos a situarlo en los tres ejes que constituyen esta estructura. Lacan subraya que esta tripartición formulada por él está ya implícitamente articulada en la obra de Freud, y que su explicitación teórica se ha vuelto esencial para evitar los malentendidos en la lectura del texto freudiano y las consiguientes implicaciones en la práctica analítica. He aquí lo que afirma Lacan a este respecto en 1956:

Freud, en esto como en todo, es tajante: todo su esfuerzo de 1897 a 1914 fue distribuir las partes de lo imaginario y de lo real en los mecanismos del inconsciente. Es singular que esto haya llevado a los psicoanalistas, en dos etapas, primero a hacer de lo imaginario otro real, y en nuestro días a encontrar en ello la norma de lo real.

Sin duda lo imaginario no es ilusorio y da materia a la idea. Pero lo que permitió a Freud realizar el descenso al tesoro con que quedaron enriquecidos sus seguidores es la determinación simbólica en que la función imaginaria se subordina, y que en Freud es siempre recordada poderosamente, ya se trate del mecanismo del olvido verbal o de la estructura del fetichismo.1

Más allá de dicha referencia al texto de Freud, en el que muchos críticos de Lacan (incluso benévolos como Etchegoyen) ven un círculo vicioso a través del cual él hace sostener a Freud sus propias tesis, a continuación intentaremos explicar qué significan para el psicoanalista francés los tres registros. Para hacerlo, me serviré sustancialmente de la aportación de Jacques-Alain Miller a su lectura epistemológica de la obra de Lacan2.

Lo Imaginario (I)

¿En qué consiste lo imaginario en Lacan? Intentemos responder con algunas definiciones.

I. En primer lugar, lo imaginario, tal como aparece referido en la cita, no se confunde con lo ilusorio. Esto significa: a) que el sujeto está capturado desde siempre en las redes de lo imaginario; b) que su identidad misma, su yo (moi) se constituye en el tejido de las representaciones imaginarias que lo conciernen; y c) que tales representaciones que constituyen el yo no se producen casualmente, sino en la relación «a dos» que el sujeto mantiene con las figuras fundamentales de su vida, con sus «otros», de los cuales extrae el tejido para constituir la propia identidad.

II. En segundo lugar, el registro de lo imaginario condensa para Lacan todo lo que Freud ya había circunscrito en torno al estatuto del narcisismo (Introducción al narcisismo, 1914) y al mecanismo de la identificación (Psicología de las masas y análisis del Yo, 1921), conceptos clave para explicar el proceso de constitución del yo. En efecto, el yo tiene para Lacan una constitución estructuralmente narcisista, ya que es el producto desconocido de las identificaciones del sujeto a los significantes a través de los cuales los otros significativos de su vida, en primer lugar los padres, han designado su identidad dentro del discurso familiar. En el segundo Seminario, titulado precisamente El yo en la teoría de Freud, Lacan condensa en una frase, tomada de Rimbaud, el sentido de tal constitución alienada del yo: «El yo es otro».3 Por lo tanto, la identidad del yo es para Lacan, precisamente en tanto que narcisista, una identidad alienada que, en el momento mismo en que ofrece al sujeto una imagen de sí mismo en la que reconocerse, lo aleja de la verdad de su deseo. Por esto, Lacan reescribe la Ich-Spaltung freudiana, la escisión del yo, en términos de la escisión irreductible entre el sujeto del inconsciente, que escribe con el pronombre personal francés je, y el yo, que escribe con moi, donde el primero designa lo que Lacan llama el «sujeto de la enunciación» (je), mientras el segundo designa al «sujeto del enunciado» (moi). Mientras el yo (moi) tiene un estatuto imaginario, el sujeto del inconsciente (je) tiene un estatuto simbólico y es irreducible al yo. El sujeto de la enunciación (je), para Lacan, se manifiesta en los puntos de contradicción, de vacilación y de vacío propios de los enunciados del discurso del paciente en análisis.

III. En tercer lugar, Lacan define lo imaginario como el registro centrado en torno a la relación especular, que no por casualidad encuentra en la teoría lacaniana el propio fundamento en la primera contribución ofrecida por Lacan a la teoría psicoanalítica, es decir, el estadio del espejo (stade du miroir), donde se sitúa la experiencia del reconocimiento por parte del niño, entre los seis y los dieciocho meses, de la propia imagen unitaria ante el espejo.4 Lacan retoma al respecto las investigaciones experimentales sobre la percepción realizadas por Henry Wallon en el ámbito de la etología humana y de la psicología de la edad evolutiva y las elabora de forma original elevando el estadio del espejo a «encrucijada estructural» en la psicogénesis de la subjetividad. En este punto se ponen en marcha en la experiencia del sujeto, al mismo tiempo, el descubrimiento de la propia identidad y la alienación que se deduce, la Spaltung entre el moi que viene a constituirse y el sujeto del inconsciente (je), que no se deja localizar en la imagen especular, y que encontrará el modo de representarse en los puntos de vacilación del yo, a través de las formaciones del inconsciente (sueños, lapsus y síntomas), de forma radical en la adolescencia.

IV. Finalmente, lo imaginario puede definirse como el registro centrado sobre la relación dual, que encuentra la propia forma más claramente reconocible en la relación del niño con el deseo materno. El riesgo de un transitivismo caníbal, ilustrado de modo magistral en la posición esquizo-paranoide de Klein, en el que no es posible distinguir el deseo del niño del de la madre, el deseo del sujeto del deseo del otro, en toda la oscilación pasional que va desde la agresividad al amor sin límite hasta el extremo patológico constituido por la paranoia, anima para Lacan la vida del sujeto en el campo de lo imaginario.5 Sólo a través del reconocimiento de un tercero que existe más allá de la relación dual y que pone un límite, que encarna una Ley que regula la relación entre los dos, remitiendo a cada uno a su particularidad, se hace posible, como Lacan muestra magistralmente en el Seminario 4, La relación de objeto, encontrar un punto de anclaje más allá de lo imaginario, y en torno al cual el sujeto pueda localizarse en el propio deseo singular.

Lo Simbólico (S)

Al mismo tiempo, lo simbólico constituye para Lacan el menos reconocido de los tres registros en el campo del psicoanálisis posterior a Freud, y aquel al que la práctica psicoanalítica, de hecho, más se refiere por la eficacia de su acción. Intentemos articular su estatuto a la luz de cuatro definiciones.

I. En primer lugar, el registro de lo simbólico está constituido por el campo del lenguaje, dentro del cual la palabra del sujeto encuentra las condiciones de su propia enunciación particular. El encuentro de Lacan con la lingüística estructural de Ferdinand de Saussure y el descubrimiento de su posible empleo en la lectura de Freud es el presupuesto esencial de tal definición. Es ésta la tesis que puede extraerse del programa «Función y campo», de 1953, en el que Lacan sostiene la tesis del «inconsciente estructurado como un lenguaje» y del psicoanálisis como práctica que se resuelve en un «análisis del lenguaje»6 dirigido a hacer resurgir de lo reprimido, a través de la palabra del sujeto, aquel «capítulo censurado»7 de la propia historia, enigmático, en el que se ha depositado su inconsciente.

II. En segundo lugar, más en concreto, el registro simbólico está constituido por el sistema significante y por la lógica que lo preside. Esto significa que el orden simbólico no coincide simplemente con el sistema de la lengua hablada, sino que incluye cualquier sistema significante. En este sentido, Lacan elogia a Melanie Klein por haber entendido (a pesar de su concepción del análisis en la que para Lacan domina la dimensión imaginaria de las fantasmatizaciones inconscientes) que la condición del análisis está en la capacidad del sujeto de simbolizar y no necesariamente de hablar, por lo que el juego como sistema significante se presta perfectamente al trabajo analítico en el niño pequeño.8 El estatuto del significante en Lacan se aclara con relación al del significado: no existe ninguna relación natural entre ambos, como ya explica claramente Saussure en el Curso de lingüística general a través de su concepto de arbitrariedad del signo lingüístico, sino que más bien el significado es un efecto que se produce dentro de determinado sistema significante en un momento dado.9 Por ejemplo, el significado de una palabra depende de su posición de significante, que la determina dentro del sistema de la lengua a la que pertenece en un período dado de su historia: su valor lingüístico viene determinado por su diferencia estructural respecto de las otras palabras como significantes dentro del sistema de la lengua. Sólo a partir de tal determinación significante o simbólica se produce el efecto de significado que la palabra vehicula, más allá de la conciencia que al respecto tengan los hablantes.10 La relación entre significante y significado expresa bien en Lacan la relación entre el orden simbólico y el registro de lo imaginario: el segundo es un efecto necesario de la acción del primero en el proceso de constitución del sujeto humano, las fantasías fundamentales se construyen a partir de los significantes-clave que organizan la historia infantil de un sujeto aun antes de su llegada al mundo en el discurso de los padres. Y sin embargo, el desconocimiento de los propios significantes fundamentales, su represión en el inconsciente, y la construcción del significado de la propia existencia en torno al yo (moi), efecto del discurso del otro familiar sobre el sujeto, son cuanto el sujeto neurótico pone inevitablemente en escena sin saberlo. Por ello, una definición que Lacan ha dado del trabajo del análisis es la de un proceso que opera, inversamente al trabajo espontáneo que el inconsciente realiza con los sueños, una simbolización de lo imaginario,11 una reducción del significado a su estructura significante. En efecto, el análisis produce un agotamiento de la fantasía infantil del sujeto en su génesis en el discurso del otro familiar, dentro del cual el sujeto se ha sentido llamado a deber ocupar para el otro, sin darse cuenta, una determinada posición.

III. En tercer lugar, en un ámbito más clínico, el orden simbólico está constituido por la dimensión del Tercero, que funciona como ley asimétrica para los componentes de la relación dual, en primer lugar para la relación del niño con el deseo de la madre, situando entre ellos un límite que los separa y los distingue. En esta clave relee Lacan el Edipo de Freud y la función del Padre como agente separador que preserva al niño del canibalismo del deseo materno y permite su subjetivación. En efecto, el significante del Padre se ofrece al mismo tiempo como Ley, que priva al niño de la exclusividad sobre la madre, y como ideal simbólico (ideal del yo) que le permitirá de adulto, identificándose con él, poder ser un hombre para una mujer. El significante Nombre del Padre se inscribe en el niño a través de la palabra de la madre, que le testimonia que en su deseo no existe sólo él (el hijo), sino que existe un Otro (un hombre) al que ella permanece vinculada en tanto que mujer, y que funciona para ella como Tercero respecto del niño. Tal significante puede prescindir por tanto de la existencia real del padre, que puede incluso estar muerto, y puede concernir también a alguien que ejerza la función de padre incluso aunque no lo sea ni biológica ni jurídicamente (a veces es el padre de la madre, el abuelo del niño, quien encarna esta función, pero incluso una mujer puede encarnar para un sujeto la función paterna). Lacan define este significante como Nombre del Padre, y su acción en la constitución del sujeto como «metáfora paterna»,12 operación que permite al niño sustraerse al Deseo de la Madre, y constituirse como sujeto deseante, falto de algo que le resulta enigmático, y que busca en el curso de la propia existencia.

IV. Finalmente, el registro simbólico es definido por Lacan como el campo del Otro con mayúscula, que distingue explícitamente del otro con minúscula, que coincide con el semejante de la relación especular. La noción de Otro resume en sí misma todas las definiciones ya dadas del orden simbólico, y designa la dimensión histórico-lingüístico-familiar dentro de la cual el sujeto se constituye por efecto de la acción significante. A través de este concepto, Lacan reformula la noción freudiana de inconsciente y sitúa en el centro la historicidad radical, más allá de su representación, emergente en la primera tópica de Freud, como lugar que contiene los instintos arcaicos y de las pulsiones. «El inconsciente es el discurso del Otro» es, en efecto, una de las definiciones clave que encontramos en el texto de Lacan.

Lo Real (R)

De los tres registros de Lacan, el de lo real es sin lugar a dudas el más enigmático y el más difícil de definir. Por otra parte, para el propio Lacan, al menos hasta 1960, el año de su Seminario La ética del psicoanálisis, que supuso un punto de inflexión, lo real funcionará como una especie de registro mudo, definible sólo en negativo como el resto respecto a los ejes de lo imaginario y de lo simbólico, como lo que no es ni del orden de la imagen ni del orden del símbolo.

Intentemos reconstruir el estatuto de lo real en Lacan, a la luz de algunas definiciones.13

I. En primer lugar, lo real en Lacan no es la realidad. Para distinguir ambos conceptos, Lacan se remonta sobre todo a los usos diversos por parte de Freud de los términos alemanes Wirklichkeit, que designa la realidad en la acepción común del término, como realidad externa objetivada, y Realität, que, por el contrario, concierne a la dimensión de la realidad psíquica. Para Lacan, lo real es lo real del sujeto, es decir, atañe a cuanto de ineludible caracteriza su modo de funcionamiento y su economía de satisfacción, más allá de cualquier criterio de adaptación a la realidad.

II. En segundo lugar, lo real es lo imposible, es «eso de lo que no se puede salir». Es decir, designa al ser mismo del sujeto, el nudo que estructura su realidad psíquica. Mientras lo imaginario y lo simbólico están abiertos a la dimensión de lo posible, lo real marca lo imposible del sujeto, es decir, la matriz misma de su materia más íntima.

III. En tercer lugar, lo real es en su estructura «sin-sentido», asemántico, irrepresentable, fuera del alcance de la imagen y del símbolo.

IV. En cuarto lugar, lo real es lo real del cuerpo pulsional, es lo real de la economía libidinal del sujeto, el motor de su economía de satisfacción.

En el Seminario 7, Lacan formula la dimensión de lo real en la pérdida de la Cosa (das Ding), el objeto de la mítica primera experiencia de satisfacción del sujeto dibujado por Freud en el Proyecto de psicología. Cuatro años después, en el Seminario 11, lo real se precisa como «lo real del objeto pulsional» de las zonas erógenas en tanto que objeto perdido, cuyo empuje hacia el reencuentro estructura la economía libidinal del sujeto. A los objetos parciales ya indicados por Freud, el objeto oral y el objeto anal, Lacan añade el objeto-voz y el objeto-mirada. Resumiendo en una única función lógica las diferentes formas del objeto perdido de la mítica primera satisfacción, Lacan formula la teoría del objeto (a), objeto causa del deseo, objeto de la repetición, objeto en torno al cual se estructura la construcción del fantasma fundamental que regula desde la infancia la economía de satisfacción del neurótico. Por consiguiente, otro modo en que Lacan intenta formular la dimensión de lo real es: lo real es lo real del objeto (a).

V. En quinto lugar, el concepto de real caracteriza el retomar y traducir en el propio lenguaje teórico, por parte de Lacan, del «más allá del principio de placer» de Freud, y en particular de la teoría freudiana de la pulsión de muerte (Todestrieb). Lo real de Lacan es pues también el meollo de la pulsión de muerte de Freud, es el principio de entropía, de satisfacción autodestructiva que ya en Freud, a partir de Más allá del principio de placer, está en la base del funcionamiento del aparato psíquico. Para designarlo, Lacan articula el concepto de goce (jouissance), que debe entenderse como satisfacción autodestructiva, maligna, empuje libidinal irresistible hacia algo que provoca al sujeto un sufrimiento que lo hace gozar. (Piénsese por ejemplo en la relación del toxicómano con la droga, o en la relación de la bulímica con la comida, pero también más sencillamente en el freudiano «beneficio secundario» inherente al síntoma histérico y a la dificultad del neurótico para abandonar los propios síntomas a pesar de ver su destructividad.) Otra definición posible es, pues: Lo real es el goce.

VI. Finalmente, lo real designa para Lacan lo real del sexo. Él se sitúa, más allá de todo ideal de maduración genital, en la experiencia estructural de pérdida de satisfacción, de placer parcialmente frustrado, que sitúa al partener sexual en la posición de sustituto del objeto perdido de la mítica primera experiencia de satisfacción. En ello, la relación sexual representa para el ser humano la tentativa de reencuentro del objeto perdido de la mítica primera experiencia de satisfacción, y a la vez, la experiencia de fracaso de tal búsqueda y el replanteamiento del trauma de la pérdida. El sujeto nunca encuentra en el Otro aquel objeto capaz de completarlo y representa la experiencia originaria de la mítica primera satisfacción. En este sentido, el encuentro sexual es siempre para el ser humano un encuentro parcialmente frustrado, una satisfacción a través de la pérdida. Es lo real de la pérdida del objeto de satisfacción y su repetición en la experiencia sexual, lo que constituye el presupuesto de la dimensión traumático-enigmática del sexo para el ser humano que los descubrimientos de Freud hicieron emerger. Precisamente, esta dimensión que el psicoanálisis hace emerger es la que convierte la sexualidad en algo no simplemente natural para el hombre, en algo que no se puede enseñar a través de la educación. Lo real del sexo es algo irrepresentable, y sólo al final de un análisis el sujeto puede llegar no a representar sino a circunscribir el núcleo de la propia relación particular con esta dimensión constitutiva de la experiencia humana. Por ello, Lacan llegará a afirmar, de manera provocativa y paradójica, a finales de los años sesenta, que «no existe la relación sexual».

Notas

  1. J. Lacan, «Situación del psicoanálisis en 1956», en J. Lacan (1966), pp. 445-446. ↩︎
  2. Son muchísimos los textos de Miller que se podrían referir a este respecto. Me limitaré a remitir al ya citado Recorrido de Lacan, ciertamente una de las más eficaces y claras vías de acceso a su elucidación del texto de Lacan. ↩︎
  3. J. Lacan (1954-1955), El Seminario. Libro 2, pp. 17-18. ↩︎
  4. J. Lacan (1966), Escritos 1, pp. 86-93. ↩︎
  5. En relación con esto, véase sobre todo el escrito de Lacan «La agresividad en psicoanálisis», en J. Lacan (1966), Escritos 1, pp. 94-116, donde emerge además con claridad el kleinismo sui generis, mezclado con los aportes de la lectura existencialista de Hegel operada en Francia por Kojève, que caracterizaba la elaboración del psicoanalista francés en los años treinta y cuarenta. ↩︎
  6. J. Lacan (1966), Escritos 1, p. 258. ↩︎
  7. Ibíd., p. 249. ↩︎
  8. Cfr. ibíd., pp. 107-108. ↩︎
  9. El escrito de Lacan en el que se realiza de forma más completa el encuentro con la lingüística estructural de Saussure y Jakobson es «La instancia de la letra del inconsciente o la razón después de Freud» (1957), en J. Lacan (1966), Escritos 1, pp. 473-509. ↩︎
  10. Cfr. ibíd., pp. 476-477. ↩︎
  11. J. Lacan (1954-1955), El Seminario. Libro 2, pp. 452-454. ↩︎
  12. J. Lacan (1957-1958), El Seminario. Libro 5, p. 186. ↩︎
  13. Véase al respecto M. Recalcati (1993). ↩︎

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