Los casos de Freud: ¿son valiosos hoy?

por Patrick. J. Mahony
(traducción por Javier Acuña Ditzel)

Resumen

Para apreciar el reciente debate sobre si las historias clínicas de Freud deben seguir enseñándose a los analistas, resulta fructífero, en primer lugar, observar el contexto más amplio de otras disciplinas. De hecho, existe un movimiento contemporáneo que cuestiona la noción de canon o cualquier lista autorizada de clásicos. 

Tres actitudes frente a la enseñanza de la obra de Freud merecen ser destacadas. En primer lugar, la actitud desdeñosa representada recientemente por Jacob Arlow. Un segundo enfoque es que las obras de Freud deberían mantenerse en el currículo de enseñanza con el mero propósito de subvertirlas. Un último enfoque es que, a pesar de los innegables avances del psicoanálisis teórico y clínico, las historias clínicas de Freud siguen siendo indispensables e incluso insuperables.

Mahony, P. (1993). Freud’s Cases: Are they Valuable Today? The International Journal of Psychoanalysis, 74(5), 1027–1035.

En griego antiguo, la palabra canon significaba caña o vara; con el tiempo, ese canon o vara se convirtió en un instrumento de medida, y más tarde significó la lista autorizada de libros inspirados de la Biblia (el canon bíblico). Hoy en día, entre otras cosas, canon designa los grandes escritos que dominan un campo concreto y así son etiquetados por sus autoridades y el consenso de sus miembros. La crisis actual de las humanidades y de la universidad en general surge del conflicto entre transmitir o reproducir el conocimiento, por un lado, y producirlo o generarlo, por otro. En el centro de esta crisis está el canon y el consenso sobre lo que debe considerarse textualmente representativo o canónico. Permítanme citar algunos ejemplos. 

Volviendo primero a los círculos teológicos, encontramos un cuestionamiento cada vez más sofisticado del canon, centrado en la exactitud y autenticidad de los textos bíblicos. Dentro de las instituciones eclesiásticas específicas como tales, la cuestión del canon se entremezcla aún más con las fuerzas de la autoridad, la jerarquía, la formación de iniciados y las interpretaciones diferenciales (véase Kermode, 1983, p. 172). 

La batalla actual en el campo de la crítica literaria ha sido una de las más feroces de todas. Muchos críticos adversarios se han centrado en el hecho de que en la lista de los llamados grandes clásicos occidentales figuran autores predominantemente masculinos, blancos y de una clase relativamente acomodada. Los detractores de la lista tradicional de clásicos han cuestionado específicamente las implicaciones de inclusión y exclusión de las prácticas de canonización, es decir, los juicios políticos que entraña la calificación de una obra para el canon. De este modo, se ha producido una creciente crítica literaria del llamado sujeto autónomo, que ahora también se ve como la creación de los privilegios e intereses corporativos de la clase dominante. En la misma línea, se sostiene que la concentración de poder libidinal y económico en el seno de una institución rige la producción, reproducción y transmisión de sus enseñanzas. Otro foco de la nueva preocupación crítica son los supuestos tácitos de género de los textos clásicos, en los que una hegemonía patriarcal presume de hablar en nombre de las mujeres y en los que el varón aparece como el representante completo y autónomo de la humanidad y la cultura. Además, los revisionistas del canon literario están a favor de la diversidad multicultural, el pluralismo y principios deconstruccionistas como la imposibilidad de la objetividad y la falibilidad de la búsqueda de una verdad fija. De ello se deduce que los mismos revisionistas han concedido un lugar privilegiado a lo que se ignoraba o se trataba como meramente marginal: por ejemplo, la literatura popular, los guiones radiofónicos, los escritos de mujeres, negros, homosexuales, etc.

El canon tiene un destino diferente en la disciplina de la historia. Hablando en nombre de sus colegas, Dominick LaCapra señala que los historiadores “no tienen un canon (ni siquiera cánones que compitan entre sí) de puntos de referencia textuales compartidos” (1989, p. 206), con el resultado de que esa ausencia textual podría promover metodológicamente una resistencia a la teoría y un fetichismo archivístico puro y duro. 

En el campo del psicoanálisis, en el que los datos clínicos desempeñan un papel fundacional y empírico, apenas podemos evitar la cuestión crítica del canon. El psicoanálisis se distingue de otras ciencias por el hecho de que los textos de su fundador siguen siendo canónicos, a pesar de haber sido escritos hace entre cincuenta y cien años. Los casos clínicos de Freud, en particular, siguen gozando de un estatuto canónico de primer orden. En cierto modo, los cinco casos han sido como los cinco libros bíblicos psicoanalíticos, nuestro Pentateuco, nuestra Torá; si las obras de Freud son nuestro canon básico, sus historias clínicas son un sanctasanctórum o lugar sagrado, un canon dentro del canon.

Las preguntas sobre los casos de Freud a las que nos enfrentamos hoy en día son serias. Por ejemplo, ¿está el psicoanálisis experimentando, como dicen algunos, un cambio paradigmático, y si es así, cómo pueden los casos de Freud mantener su mismo papel canónico del pasado? En segundo lugar, ¿cuál es la correlación entre las autoridades analíticas que defienden un canon tradicional y la naturaleza de su canon propuesto? Una tercera pregunta: ¿por qué razones reconocidas y no reconocidas se han conservado los casos de Freud, y con qué resultados científicos o anticientíficos?

Si se concediera cierta validez al modelo psicoanalítico tradicional, podría rebatirse que el progreso del psicoanálisis exige un plan de estudios actualizado e incluso una moratoria sobre publicación de relatos críticos de los sueños y casos clínicos de Freud. Tal es la conocida posición del discurso crítico de Jacob Arlow al Instituto de San Francisco, que se publicó en el Quarterly Newsletter of the American Psychoanalytic Association (1991). Esta posición difiere radicalmente, por ejemplo, de la de Sholevar & Glenn, quienes encuentran congenial que “De una manera paralela al propio desarrollo de Freud, la educación psicoanalítica se apoya primero en las grandes historias de casos de Freud [1905], [1909a], [1911], [1918] y su La interpretación de los sueños” (1991, p. 6). En el cargado contexto de la declaración de guerra de Arlow, el canon freudiano se convirtió en la pieza probatoria. ¿Lo guardamos? ¿Lo tiramos? 

En realidad, se pueden distinguir tres actitudes distintas ante el canon freudiano. Les invito a imaginar conmigo un juicio dramatizado en tres actos, uno para representar cada actitud. Juntos, en la medida de nuestras posibilidades, defenderemos empáticamente cada actitud y, en ocasiones, no dudaremos en radicalizarla. En el primer acto, cuya puesta en escena es la más breve, asumiremos el personaje de Arlow y ensayaremos los argumentos a favor de relegar los casos de Freud al basurero histórico. Que se levante el telón.

¿Hasta qué punto nos ha invadido el infantilismo? En lugar de seguir siendo esclavos del hábito histórico, debemos, como insta Arlow (1991), apartarnos de los casos de Freud que clásicamente “han servido y siguen sirviendo como textos introductorios a la enseñanza del psicoanálisis. [El psicoanálisis es] la única profesión que utiliza libros de texto de casi 100 años de antigüedad” (Arlow, 1991). La profesión analítica está subvertida por muchos de los que tienen autoridad, que controlan su difusión y que no han superado una transferencia patológica hacia Freud y una fascinación fetichista por sus textos. En efecto, es axiomático que “el psicoanálisis fue central en la vida de Freud, pero la vida de Freud no es central para el psicoanálisis como ciencia” (Arlow, 1991).

Además, las historias clínicas de Freud poco pueden enseñarnos sobre la técnica clínica que sea útil. Notemos que el psicoanálisis como disciplina del siglo XX se destaca por ser una praxis eminentemente oral tanto en el ámbito clínico como en la supervisión. La comprensión técnica de los analistas anteriores se debía mucho más al peso de la tradición oral y la elaboración que a las relativamente pocas páginas pertinentes de los escritos de Freud, incluidos los casos. La práctica real de Freud contrastaba con los consejos encontrados en estas obras. Por un lado, los casos pasan por alto el desarrollo del proceso psicoanalítico y los tipos detallados de intercambio terapéutico; por otro, hacen poco por representar al Freud clínico.

Desde este punto de vista, podemos descartar inmediatamente la historia clínica de Schreber, ya que Freud nunca vio al jurista alemán. En cuanto al pequeño Hans, sabemos que Freud sólo le vio una vez en consulta. De los otros tres escritos de Freud, dos fueron notablemente breves. Dado que Freud vio a Dora durante menos de tres meses, de ningún modo podemos sostener ese informe de caso como un ejemplo satisfactorio de la gestión de Freud a lo largo del despliegue y las vicisitudes del proceso clínico; y el caso del Hombre de las Ratas no duró mucho más. Así pues, cuatro de los cinco casos en los que Freud actuó en la escena clínica no suman más que un pequeño número de meses. Es notable que la exigua duración de la interacción clínica de Freud en estos casos sea tan desproporcionada en relación con el tiempo que ocupan en los programas de formación psicoterapéutica. También deberíamos lamentar que durante tanto tiempo las revistas psicoanalíticas se hayan visto saturadas por una avalancha de erudición sobre las historias clínicas y lastradas por minucias biográficas e interminables resúmenes introductorios del texto primario, cada detalle sometido a una crítica cual exprimidora de limones, y con los limones a menudo “revisitados” (por utilizar una palabra ya desgastada en la academia). Dejemos las acrobacias exegéticas sobre la vida y los casos de Freud para los estudiosos de la literatura, cuyos ejercicios especulativos y de sillón están muy alejados de la impecabilidad de los procedimientos empíricos de nuestra ciencia clínica. 

Otro punto. El precioso tiempo dedicado a las características históricas y biográficas de los casos de Freud disminuye el tiempo disponible para enseñar los avances teóricos de nuestra ciencia. El psicoanálisis postfreudiano ha hecho progresos espectaculares en el diagnóstico, la psicología del niño y del adolescente, la importancia evolutiva de lo preedípico, la separación-individuación, la intrincada naturaleza del conflicto y de la formación de compromiso; las complejidades de la transferencia y la contratransferencia, etc. En este sentido, nos puede hacer gracia imaginarnos a Freud vivo hoy y solicitando ser miembro de la Asociación Psicoanalítica Americana; en el mejor de los casos, podemos imaginar, se le diría a Freud que sus casos intelectualmente brillantes son clínicamente deficientes, y que debería continuar con su análisis y volver a postular al año siguiente.Dado que el avance científico no puede justificar por qué el psicoanálisis organizado sigue atribuyendo tanto valor a los casos de Freud, la respuesta debe estar en otra parte. ¿Podríamos decir que nos aferramos a los casos de Freud debido a nuestra falta de valor? Si es así, estamos obligados a volver a la verdadera herencia del psicoanálisis y a sus exigencias. Comenzando como una hermenéutica de la sospecha, el psicoanálisis fue conquistador e iconoclasta, no iconófilo y sumiso. La continuación del auténtico legado del psicoanálisis requiere coraje. ¿Acaso no dijo Freud que su mejor discípulo era aquel que podía hacer sus propias contribuciones independientes a nuestra ciencia? ¿Y no consideraba su propio coraje una baza mayor que su inteligencia? Freud habría estado de acuerdo con Nietzsche, que escribió en el Prefacio al Ecce Homo:

¿Cuánto puede soportar una mente determinada; cuánta verdad puede atreverse? — Estas preguntas se convirtieron para mí cada vez más en la verdadera prueba de valores. El error… no es ceguera; el error es cobardía… Cada conquista, cada paso adelante en el conocimiento, es el resultado del valor, y de la dureza hacia uno mismo (1911, p. 3).1

El psicoanalista inglés Edward Glover hablaba realmente de valentía cuando se quejaba, en su documento de posición sobre la investigación, de que la mayoría de las disputas se resuelven sobre la base de la autoridad (1952). Y John Sutherland, presidente de la Sociedad Británica, también hablaba de valentía cuando decía que “desafiar las teorías de Freud ha sido respondido normalmente con ansiedad, como si se estuviera perpetrando un ultraje sacrílego” (1980, p. 842). Por nombrar otro: Balint también se refería a la valiente libertad de expresión cuando informaba que la disputa final entre Freud y Ferenczi fue como un trauma en el mundo analítico — el punto es que durante años después de la muerte de Ferenczi prevaleció un silencio sobre ciertas cuestiones técnicas y los analistas eran reacios a discutir la contratransferencia y otras cuestiones del proceso analítico (Haynal, 1988). Repasando estos y otros capítulos de la historia del psicoanálisis, nos vemos obligados a concluir que una postura cobarde y sumisa ante el estatus de las historias clínicas de Freud puede ser desastrosa para nuestra ciencia. Es como si la predicción de Jung se hiciera demasiado cierta: que tras la jubilación de Freud, incluso sus errores serían venerados como reliquias (Freud & Jung, 1974, p. 277). 

Hasta aquí el primer acto. Queda el contraargumento de que los casos de Freud deben conservarse porque siguen siendo insuperables en la centenaria ciencia del psicoanálisis, pero nos estamos adelantando. Todavía tenemos que poner en escena la mayor crítica contra los casos de Freud, a saber, que deben seguir siendo objeto de atención, aunque por razones totalmente subversivas. Estas razones dominan el segundo acto y nos llevan a escenificar nuestra defensa de la siguiente manera. 

Debemos preservar los casos clínicos de Freud en el canon psicoanalítico, pero no por razones tradicionales. Conservar las cinco historias clínicas es nuestro medio, que nos capacita y empodera a nosotros mismos, de exponer cómo la lectura institucional de un Freud idealizado o canonizado ha sido a menudo sintomática, junto con los casos mismos, que ejemplifican una escritura sintomática. En resumen, los casos de Freud y su comprensión posterior deben conservarse por dos razones: para demostrar que no se puede confiar en ellos, y para socavar sus distorsiones interpretativas, que con demasiada frecuencia son promovidas por el psicoanálisis organizado. 

Para un breve ejemplo de un caso en el que no se puede confiar, podemos citar el caso de Freud del Hombre de las Ratas. Es el único caso importante de Freud del que disponemos de las notas diarias del proceso. Una comparación detallada de las mismas con el escrito publicado por Freud muestra que manipuló seriamente los hechos en cuestiones esenciales (Mahony, 1986). En otras palabras, Freud tergiversó la verdad; mintió. De ello se deduce que la reducida utilidad clínica del caso es proporcional a sus sustanciales distorsiones históricas. 

Detengámonos un poco más en el caso del Hombre de los Lobos, sus problemas de autenticidad y las interpretaciones posteriores que recogió. Recordemos que, según la célebre reconstrucción de Freud, el paciente, a la edad de año y medio, tuvo la siguiente experiencia: se despertó una tarde en plena fiebre palúdica, y con una atención tensa observó a sus padres durante sus tres actos de coitus a tergo; mientras tomaba nota de los genitales de sus padres, de la respiración agitada de su padre y del rostro alegre de su madre, el bebé pasivo recurrió a una evacuación intestinal, dándole así una excusa para los gritos que interrumpieron el acto amoroso de sus padres. 

Pasaron más de cincuenta años antes de que se expresaran algunas objeciones médicas de sentido común en un artículo sobre el caso (véase Mahony, 1984). Por ejemplo, ¿cuánto podía observar un niño aquejado de paludismo durante un periodo prolongado? ¿Y podía un niño en un estado paroxístico y febril, con debilidad, convulsiones y un sensorio alterado, estar en condiciones de observar con “atención forzada” y sin llorar, y luego defecar, lo que le daba una “excusa para gritar”? Consideremos de nuevo que pasaron otros tres años antes de que se expresara otra objeción fundamental sobre otra área de la reconstrucción de Freud. Freud declaró que la escena primigenia era la del coitus a tergo, pues “sólo ella ofrece al espectador la posibilidad de inspeccionar los genitales” (Freud, 1918, p. 59). Como declaró el analista francés Serge Viderman:

La posición a tergo es la menos favorable para observar los genitales femeninos, a menos que el niño gozara de la posición óptima ni detrás ni delante de la pareja, sino en su misma confluencia… [El Hombre de los Lobos fue despertado por] el movimiento más violento; también debió percibir la respiración de su padre, lo que tendería a demostrar que el niño presenció no los juegos preliminares (durante los cuales los órganos de la pareja habrían sido visibles) sino un coito a tergo ya en curso, posición que ya no permite ninguna observación de los órganos genitales de los miembros de la pareja tapados el uno por el otro… el coito que se presume haber visto es el menos favorable para observar los órganos genitales (1977, pp. 306 y 314).

Siguiendo con el mismo caso del Hombre de los Lobos, podemos destacar la afirmación de Freud de que la escena de Grusha era más cierta que la escena primigenia (1918, págs. 113 y ss.), aunque menciona la escena de Grusha en 12 páginas, o el diez por ciento del caso (115 páginas), mientras que se refiere a la escena primigenia, menos cierta, en 46 páginas, o alrededor del 40 por ciento del texto. No se trata sólo de que la mayoría de las interpretaciones publicadas hayan pasado por alto esta discrepancia destacada, sino de que tal discrepancia socava proporcionalmente cualquier valor intrínseco del caso del Hombre de los Lobos. 

Hemos llegado al momento del segundo acto en el que nos sentimos obligados a radicalizar nuestro argumento y decir: no sólo debemos conservar los principales casos de Freud sino que, para obtener una imagen más precisa de la práctica y la influencia de Freud, debemos complementarlos con otros casos de Freud. Nos limitaremos a dos ejemplos. El primer caso aparece como una lamentable historia de dos ciudades. En julio de 1911, Ferenczi llevó a analizar a Elma Vacos, la hija de su antigua paciente y actual amante. Rápidamente, Ferenczi se enamoró de su nueva paciente, le propuso matrimonio y, al ver que la situación era imposible, la envió a Viena para ser analizada por Freud. Allí permaneció en análisis desde principios de 1912 hasta Pascua del mismo año. Durante ese período, Freud se comunicó por escrito y viva voce con Ferenczi sobre las revelaciones más íntimas de Elma y la naturaleza de su amor. Mientras tanto, la sospechosa analizante escribía a Ferenczi, preguntándole qué le estaba revelando Freud sobre su análisis. Al darse cuenta de la situación, ahora imposible, Freud rompió abruptamente el análisis y envió a Elma de vuelta a Ferenczi, quien la volvió a tomar en análisis, y a su vez rompió el tratamiento una vez más (Haynal, 1988). Lo que es pertinente para nuestros propósitos es que durante el mismo tiempo en que Freud analizaba a la desventurada Elma, estaba escribiendo un ensayo técnico en el que pronunció el famoso consejo del espejo que ha sido repetido sin cesar: “El médico debe ser opaco a sus pacientes y, como un espejo, no mostrarles más que lo que se le muestra”2 (Freud, 1912, p. 118).

La segunda historia clínica se refiere a una pareja que se sentía víctima, y no beneficiaria, del psicoanálisis, sentimiento basado en parte en la creencia de que Freud había fomentado su matrimonio como fuente de fondos para su movimiento en Estados Unidos. En particular, el caso tiene como protagonista nada menos que a Horace Frink, miembro fundador de la Asociación Psicoanalítica Americana y una vez presidente de la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York. Durante el análisis de Frink con Freud, en la primera parte de 1921, Freud le animó a divorciarse y a casarse con Angelica Bijur, una rica heredera de un banco, así como antigua paciente de Frink. Además de aconsejar a la señora Bijur que se divorciara de su propio marido, Freud le dijo que si no se casaba con el deprimido Horace Frink nunca se recuperaría. La pareja seguía dudando el uno del otro, rechazó el consejo de Freud y regresó a Nueva York. En noviembre de ese mismo año, Freud envió una carta a Frink en la que le confiaba que había pedido a Angelika Bijur que “no repitiera a personas extranjeras que yo le había aconsejado casarse con usted bajo la amenaza de un ataque de nervios. Les da una falsa idea del tipo de consejo que es compatible con el análisis y es muy probable que se utilice contra el análisis”. Ese mismo mes, Freud escribió además a Frink:

Todavía puedo sugerirle que su idea de que la Sra. B[ijur] había perdido parte de su belleza puede convertirse en que ha perdido parte de su dinero… Su queja de que no puede comprender su homosexualidad implica que todavía no es consciente de su fantasía de hacerme rico. Si todo va bien, convirtamos este regalo imaginario en una contribución real a los fondos psicoanalíticos.

El resto de la historia es brutal. Frink se descompensó psicóticamente y al año siguiente, 1922, se sometió a dos periodos más de tratamiento con Freud, quien a continuación declaró que Frink estaba curado y que ahora debía casarse. Cuando el nuevo matrimonio de Frink se rompió al año siguiente, Freud se negó a seguir con el tratamiento y el rechazado Frink se puso al cuidado de Adolf Meyer, quien calificó de “nauseabundas” las sugerencias y el manejo clínico de Freud (Edmunds, 1988). Nosotros también deberíamos encontrar nauseabunda la gestión de Freud, pero no deberíamos participar en el doble rasero adoptado por Richard Sterba. Reflexionando sobre los regalos de Freud a los pacientes durante el tratamiento, Sterba cita exclusivamente el proverbio latino: “Quod licet Jovi non licet bovi” (lo que está permitido a Jove no está permitido al buey; o, lo que está permitido a los dioses no está permitido al Hombre) (1982, p. 124). 

Este es el final del segundo acto. La lección de sus diversas escenas es que, al preservar el lugar primordial de los casos de Freud, podemos examinarlos y adquirir así una visión inquietante de Freud y de la historia psicoanalítica: su pasado, su presente y, tal vez, su futuro repetitivo. 

Llegamos finalmente a nuestro último acto, en el que nos centraremos en una defensa puramente positiva de los casos clínicos de Freud. En nuestra defensa de los casos, sólo nos contentaremos con la más elevada de las reivindicaciones: a saber, que los casos de Freud deben mantenerse, no sólo porque son hitos históricos del psicoanálisis, sino porque en cierto modo siguen siendo sugerentes, si no insuperables. El Dr. Kurt Eissler, antiguo conservador de los Archivos Freud, sostiene además que las historias clínicas de Freud son “los pilares sobre los que descansa el psicoanálisis como ciencia empírica… Cuando se haya publicado una historia clínica de una calidad superior a [éstas]… entonces el psicoanálisis habrá entrado en una nueva fase” (1965, pp. 395-7). E incluso el propio Freud, al evaluar la primera edición inglesa de sus Collected Papers, atribuyó “la mayor importancia” nada menos que a sus historias clínicas (Jones, 1957, p. 107). Para reforzar las valoraciones positivas de Eissler y Freud, procedamos a elaborar una serie de siete observaciones, extrínsecas e intrínsecas, en defensa de los casos.

Primera observación. Hay dos crisis en el análisis: la reconocida y la no reconocida. Una de las crisis no reconocidas gira en torno al hecho mal conocido de que existe una relación muy incómoda entre la prosa correcta y la prosa eficaz. El gran literato francés Paul Valéry sostenía que para escribir una buena prosa hay que prescindir de los calificativos. Albert Einstein era más radical: “O escribimos comprensiblemente o escribimos correctamente” (Kinneavy, 1970, p. 173). A la pregunta inmediata —¿escribió Freud de forma correcta o comprensible?— podemos dar una respuesta exploratoria, comenzando con otra cita de Einstein. En una carta laudatoria a Freud, dijo: “No conozco a ningún contemporáneo que haya presentado su tema en lengua alemana de una manera tan magistral” (Jones, 1957, p. 243). 

A este respecto, el célebre crítico literario Harold Bloom (1986) señaló:

Freud es el más persuasivo de los escritores discursivos modernos, y es difícil resistirse a él cuando se le lee en profundidad. Es un retórico poderoso, un sutil ironista y probablemente el más fascinante de todos los escritores realmente tendenciosos de la tradición intelectual occidental…

La persuasión cultural de Freud me parece, en última instancia, derivada de su singular poder de contaminación. Si discutes a Freud, él te contamina de todos modos, y sus interpretaciones se insinúan en tu conciencia.

No existe ningún caso clínico contemporáneo que se acerque a los de Freud. Mientras que las actuales son más centradas, las de Freud son más divagativas, y además de tener una estimulante gama de referencias a una variedad de disciplinas y asuntos, nos dan un sabor asociativo del proceso analítico mismo (ver Mahony, 1987a), (1987b), (1989), (1992). La propia naturaleza continua de la escritura de Freud es un estilo psicoanalítico por excelencia que facilita los procesos críticos y asociativos tanto del autor como de los lectores. Freud no se limita a relatar, sino que imita la experiencia psicoanalítica, e implica a sus lectores para que se conviertan en participantes textuales y cocreadores. 

El poder dialógico de la prosa de Freud es que nos ofrece una alianza comunicativa. Así, el aquí-ahora de Freud es diferente al del analista moderno. Este último escribe el juego interaccional entre él y el paciente, pero presta poca atención al otro aquí-ahora, es decir, a su interacción con el lector. Se ha dicho que en las historias clínicas de Freud se nos da el entonces-y-ahí, pero no el aquí-y-ahora. Esto no es cierto. En la escritura de historias clínicas hay potencialmente no uno, sino dos aquí y ahora. El primero es el tiempo y el lugar de la situación clínica, que Freud, empeñado como estaba en la reconstrucción, descuidó en sus historias clínicas. El segundo es el aquí y ahora de la situación de lectura, que Freud atendió cuidadosamente. En las historias clínicas de Freud, nos identificamos ahora con Freud, ahora con el paciente mientras nos sorprenden las interpretaciones de Freud. Este es el dominio preeminente de la atención de Freud, que no ha sido superado por ningún otro analista. 

De hecho, la redacción de las historias clínicas de Freud es la mejor de toda la literatura psicoanalítica. Como dijo Jones al reflexionar sobre el caso del Hombre de los Lobos:

Sólo quienes lo han intentado pueden apreciar lo difícil que es presentar un análisis largo de forma coherente e interesante. Pocos analistas han logrado mantener la atención de sus lectores más allá de las primeras páginas. Aquí, los inusuales poderes literarios de Freud y su capacidad para coordinar masas de hechos lo hicieron fácilmente supremo (Jones, 1955, p. 274). 

Se trata de cualidades que, aunque generalmente apreciadas por los analistas, éstos no comprenden del todo. Como dijo un crítico: “A diferencia de Freud, la mayoría de los psicoanalistas no son muy buenos lectores… son mejores oyentes que lectores” (Marcus, 1984, p. 164, Nota 7). 

Segunda observación. Las historias clínicas tienen un valor incalculable para nuestra comprensión positiva de Freud y del desarrollo del psicoanálisis. El propio Freud aconsejó que cualquier persona interesada en el desarrollo del psicoanálisis debería seguir el camino que él mismo había seguido y, por lo tanto, comenzar con la primera colección de sus historias clínicas, los Estudios sobre la histeria (1893-9). Me atrevería a decir que las historias clínicas de Freud fueron experiencias organizadoras en su desarrollo analítico y pueden serlo en el nuestro. Recientemente, dos autores (Fogel & Glick, 1991) han especulado acerca de una fase educativa de desarrollo que sigue a los primeros cinco a diez años de posgrado. En esa fase, la adquisición de una identidad teórica requiere una relaboración de las perturbadoras transferencias residuales a Freud, así como al propio instituto y mentores, e incluso a la teoría misma. Como parte de un grupo más amplio, los dos autores informan que utilizaron un estudio cronológico de los textos de Freud como método de trabajo, con el resultado de que ellos mismos mejoraron como analistas y profesores. 

Tercera observación. Los estudios de casos de Freud no son sólo documentos sobre interpretación y técnica clínicas, sino también importantes contribuciones a la teoría. Contienen incluso conceptos como retroactividad [deferment] y traducción, cuya importancia se descuida en ciertos países. Como tales, constituyen ocasiones textuales privilegiadas, concretas y convenientes para comparar la diferencia entre el psicoanálisis francés y el anglófono. 

Cuarta observación. Que yo sepa, ningún analista actual que escriba historias clínicas ha insistido tanto como Freud en la imposibilidad de escribir una historia clínica. En una carta a Jung, Freud admitió que una historia clínica “no puede ser narrada sino sólo descrita” (Freud & Jung, 1974, p. 141). Se refirió a esta imposibilidad una y otra vez en sus historias clínicas (1905, pp. 7-10, 12); (1909, pp. 156-7); (1918, p. 13). 

Quinta observación. Aunque los casos de Freud fueron escritos antes de su anuncio de la teoría estructural en 1923, poseen un equilibrio teórico y clínico. Muchos casos posteriores enfatizan un aspecto del psicoanálisis en detrimento del resto de sus hallazgos, una práctica que Freud denominó pars pro toto, por la cual de un complejo de factores psíquicos se señala una parte y se declara que es toda la verdad (1918, p. 53). Tal representación parcial es corriente en la literatura psicoanalítica moderna, que favorece en gran medida la viñeta clínica. Esta forma discursiva sirve para ilustrar, no para validar la teoría, y no puede compararse con el relato exhaustivo del proceso de tratamiento a lo largo de los años que ofrece la historia clínica. 

Sexta observación. Tal vez lo que se necesita no es degradar las historias clínicas de Freud, sino una traducción más precisa de las mismas. Es irónico que quienes atacan el estatus canónico de los relatos de Freud parezcan atribuir canonicidad a la edición y traducción que Strachey hizo de ellos. Sin embargo, Strachey a veces defiende a Freud eliminando silenciosamente de su traducción afirmaciones contradictorias y otras perjudiciales, convirtiéndonos así en víctimas de su censura injustificada. Tal vez el término Edición Estándar [Standard Edition] sea el mayor equívoco del psicoanálisis. Baste un ejemplo. Según la Standard Edition de Strachey, la docena de veces que Freud utilizó la palabra empatía (Einfühlung) se producen exclusivamente en tres obras de psicología aplicada. El lector alemán observará, sin embargo, que Freud utiliza la palabra Einfühlung una vez en el caso del Hombre de las Ratas ([1909] G.W. 7, pág. 382; S.E. 10, pág. 157) y tres veces en el caso del Hombre de los Lobos ([1918] G.W. 9, págs. 31, 117, 138; S.E. 18, págs. 9, 85, 104). Strachey lo traduce como “sentir o encontrar el camino hacia” (cf. también [1918] G.W. 13, pp. 103 y ss.). La impresionante presencia afectiva de Freud tanto con el paciente como con el lector está a disposición de su público alemán. Las relaciones objetales en el alemán de Freud difieren del Freud que nos ofrece Strachey; el texto alemán revela con mayor precisión la empatía de Freud con su paciente a través del uso indirecto de interpretaciones en primera persona, una técnica de la que tenemos mucho que aprender hoy en día. 

Una última observación en defensa de las historias clínicas de Freud. Se caracterizan por su expresión personal destacada en los pronombres personales “yo” y “nosotros”. Estas son también las marcas actuales de algunos escritos feministas politizados que van en contra de una vinculación tradicional entre la impersonalidad y el discurso científico razonado y lo impersonal, donde el neutro “ello” tiene una cualidad fetichizada.

Que se baje ahora el telón de nuestros tres actos. La defensa y la acusación han sido oídas, y nuestro caso está cerrado. Que los jurados impartan justicia.

Notas

  1. [N. de B72] La traducción de A. Sánchez Pascual (Nietzsche, 1998) reza:
    “¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu?, esto fue convirtiéndose cada vez más, para mí, en la auténtica unidad de medida. El error (—el creer en el ideal—) no es ceguera, el error es cobardía… Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del coraje, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo…” (p. 19) ↩︎
  2. [N. de B72] En la traducción de Amorrortu (Freud, 1980 [1912]): “El médico no debe ser trasparente para el analizado, sino, como la luna de un espejo, mostrar sólo lo que le es mostrado” (p. 117) ↩︎

Bibliografía

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