Enseñanza y control

Aramburu, J. (2000). Enseñanza y control. En El deseo del analista (pp. 328–330). Tres Haches.

Voy a partir de que hay enseñanza en el control y que ésta no es la misma que la enseñanza de un análisis —todo análisis es didáctico, dice Lacan— o de la enseñanza de seminarios, cursos, etc. 

Comenzaré por una cita de Lacan, del Seminario XX, Encore, página 49, que dice: «En el discurso analítico ustedes suponen que el sujeto del inconsciente sabe leer. Y no es otra cosa, todo ese asunto del inconsciente. No sólo suponen que sabe leer, suponen también que puede aprender a leer. Pero sucede que lo que le enseñan a leer no tiene entonces absolutamente nada que ver, y en ningún caso, con lo que ustedes de ello pueden escribir». 

Un párrafo antes Lacan dice que se trata de leer el significante, es decir de leer fallidamente. Leer es equivocar, leer otra cosa que lo que significa. Esta lectura se sostiene en la diferencia entre enunciado y enunciación, porque si no hubiera esa diferencia, lo enunciado sería lo enunciado como tal, no habría posibilidades de equívoco. Si se puede leer mal o a trasmano es porque hay esta diferencia entre enunciado y enunciación, es decir, falla. 

Este es un aspecto de lo que se podría enseñar en el control: cómo leer. Sin duda, en el control se pone en práctica el equívoco, se lee de otra forma los enunciados del analista. Se toma frente al texto del analista la posición de abrirse a otra lectura, a contramano de lo que parece decir, significar. Pero esto no es, sin embargo, lo propio de la enseñanza del control. Es frecuente oír que intervenciones del control tuvieron valor de interpretación, y, sin duda es así. Pero esto que ocurre en control no le es propio, pues esto es lo propio del análisis, del acto analítico. Quiero decir que si no me parece propio tampoco pienso que sea impropio de él. Creo que es también un saldo de enseñanza que debe dejar el control. 

Pero me voy a referir a otra enseñanza del control, que tiene que ver más con la escritura, esto es, con la dirección de la cura. 

Quiero decir que en el horizonte del control está el acto analítico, está supuesto el acto analítico, acto del analista y, por lo tanto, sin Otro. Hay aquí dos problemas: a) un obstáculo al acto, una detención —para decirlo en términos antiguos, una resistencia del analista al acto—; b) que el analista quiera saber la lógica que se deduce del acto en curso. 

El control del acto es pues la escritura de la lógica que se desprende de él. Entiéndase que no llamo «escritura» a los papeles que uno lleva con anotaciones, o aún a la escritura de un caso para su presentación en sociedad. «Escritura» en el sentido de la lógica del caso, esté escrito o no.

Esta escritura, es decir, esta construcción de la lógica de la cura, es precisamente necesaria para la dirección de la cura. El control del acto, su lógica, es necesaria para la construcción del fantasma, pues el objeto tiene, justamente, consistencia «lógica».

El acto analítico se desarrolla a partir de las formaciones del inconsciente. Estas se leen, como decíamos antes, desde el equívoco, a contramano, fallidamente. Pero estas formaciones del inconsciente se orientan en la cura por la estructura del caso, por su lógica. Es necesario, pues, la determinación de las posiciones fijas del sujeto en los distintos momentos de la cura. Me parece que el saldo propio de la práctica del control es la escritura de la lógica del caso, desde donde se orienta la cura.

El relato, en control, de las vicisitudes del acto, no es ajeno pues a la repetición, y es por medio de ésta que se van perfilando las constantes de la estructura, su lógica, es decir, su fantasma. 

Lo que el control retoma es ese saldo de saber del acto, que no es saber sin consecuencias sobre la cura misma. Para tomar un ejemplo grueso: no se pueden alentar o desalentar en un paciente ciertas decisiones si no se tiene precisada alguna orientación en esa cura, y esto no surge sólo de las formaciones del inconsciente sino de la relación de éstas con alguna construcción que dé cuenta de cuál es la posición del sujeto respecto a lo que lo causa. 

Estas decisiones no están fuera, al margen, de estas formaciones del inconsciente; es en relación a ellas que se va armando este cuadro lógico, estas premisas lógicas. 

Este saber que se deduce del acto, y que orienta la cura, hay que entenderlo como lo piensa Lacan, es decir, no como un saber que sutura al Otro, sino, por el contrario, como el punto en el que el Otro, efectivamente, como estructura no sabe aquello que en ese lugar es saber. 

Si postulamos que hay enseñanza en el control es porque suponemos un Saber en el Otro. Lacan dice en su Seminario XX, página 106: «Si el inconsciente nos enseñó algo es, en primer término, que en algún lado, en el Otro, eso sabe. Eso sabe, justamente porque los significantes con los que se constituye el sujeto son su soporte». 

La lógica apunta precisamente a ese saber en el Otro, pero sin suponer que la estructura se sabe a sí misma. La enseñanza del control transita ese espacio que hay entre el suponer un sujeto al saber y el acto sin Otro. Entre Uno y Otro hay un saber en el Otro, sin sujeto; el espacio de la escritura de la lógica del caso. Lo que se escribe son las condiciones de goce, dice Lacan también en su Seminario XX, página 157. Las condiciones de goce, pues, como la lógica, tienen que ver con el fantasma. 

Para terminar diría que la enseñanza que deja el control es cómo hacer hablar al otro, cómo no hacer obstáculo al acto. En ese sentido es legítimo decir que el control enseña a leer, pero también a escribir, pues en la construcción del caso también puede hacer que el analista se descentre del lugar en donde pudo haberse enredado y, de esa forma, hecho obstáculo, resistencia al acto. 

Publicado en la revista Uno por Uno nº 39, 1994