El caso, del malestar a la mentira

De la historia a la lógica

Es en esta crisis que la evolución del método elegido por el Dr. Lacan, a partir de su tesis, cobra todo su valor. En la tesis de psiquiatría, que lo conduce al umbral de psicoanálisis, el fondo del método es jaspersiano, y se organiza alrededor del concepto de personalidad, pero él la atrae hacia la perspectiva francesa de la “psicología concreta”5. Apuesta por la publicación de monografías exhaustivas sobre un caso: “en el corazón de sus consecuencias objetivas en términos científicos, la plenitud dramática de la relación de sujeto a sujeto; se desarrolla en una investigación que va más allá de la realidad de la conducta: especialmente a la verdad que allí se constituye”6. Un verdadero single case experiment apoyado sobre la unidad de la “personalidad”. El pasaje de Lacan al psicoanálisis le hará abandonar las esperanzas falaces de un método exhaustivo. Más exactamente, reemplazará lo exhaustivo por la coherencia del nivel formal donde se establece el síntoma. Encontraremos un eco del método en el acento puesto sobre el rol de la recuperación por cada sujeto de su historia7. A medida que logifica el inconsciente, Lacan hace bascular el relato del caso psicoanalítico hacia la puesta al día de la envoltura formal del síntoma concebida como una suerte de matriz lógica.

En la lectura que hace de los casos de Freud, Lacan “eleva el caso al paradigma”, al rango de “el ejemplo que muestra” las propiedades formales, en el sentido más amplio, de las manifestaciones del inconsciente freudiano. El paradigma hace surgir la estructura e indica tanto el lugar del síntoma en una clase, como los elementos de sustancialidad en la vida de un sujeto que se repiten y que permutan, o incluso los modos de declinación en la repetición de lo mismo. La estructura lógica y topológica de los casos freudianos aparece así con una nitidez inolvidable. La estructura lógica de los trayectos de Juanito alrededor del vacío de la fobia se revela en la lectura del caso. El esquema R muestra las aristas de la psicosis de Schreber a partir de los significantes aislados por Freud. El cuarteto de Dora se reúne con el de la “Joven homosexual”, indicando el grupo de transformación de la sexualidad femenina alrededor del significante del deseo. En el hombre de las ratas resalta la “combinatoria general”8 de las formas del laberinto obsesivo.

La puesta al día, en cada uno de estos casos paradigmáticos, de la combinatoria inconsciente nos ha evitado los falsos dilemas en los cuales el movimiento psicoanalítico americano ha sabido encerrarse. Citemos algunos: ¿Es preciso o no leer los textos de Freud como los de un fundador? ¿Una ciencia verdadera tiene fundadores? ¿No perdemos nuestro tiempo leyendo los textos princeps? Ese tipo de preguntas, de las cuales Jacob Arlow9 se hace el especialista, suponen que la pregunta por la cientificidad del psicoanálisis esté resuelta. Si fuese una ciencia exacta no tendríamos nada que aprender de Freud, todo habría sido íntegramente transmitido.

Estas preguntas se acompañan también de contorsiones retóricas en las que la crítica norteamericana debe en principio considerar que Freud se equivocó, falsificó sus relatos, presentó diferencias injustificables entre sus apuntes de sesión y su publicación, se condujo de forma básicamente interesada con sus pacientes (el dossier Frink lo señala bien). En resumen, se trata en primer lugar de hacer la mueca del no engañado, para el cual no hay grandes hombres. Después se puede reconocer que los casos de Freud son irremplazables, y se termina por colocarse junto a la irónica opinión del gran crítico literario Harold Bloom: “Freud es, entre los escritores modernos, uno de los más persuasivos”10.

Ir más allá de Freud, repensar el psicoanálisis, poner al día nuevos conceptos para pensar su objeto, implica sin duda pasar por la dialéctica según la cual se aprende más de un error de Freud que de una verdad proveniente de otro, como el “retorno a Freud” de Lacan lo muestra.

La particularidad de la construcción lógica de cada síntoma, ¿cómo inscribirla en los tipos de clasificación?11 El carácter de coherencia lógica del síntoma es afirmación de la existencia de clases de síntomas y al mismo tiempo efectúa su deconstrucción.

Dar pruebas

La puesta al día de la envoltura formal no es el todo del caso. Un caso es un caso si testimonia, y lo hace de la incidencia lógica de un decir en el dispositivo de la cura, y de su orientación hacia el tratamiento de un problema real, de un problema libidinal, de un problema de goce. Si observamos esta gravitación de la lógica significante en el campo del goce, entonces podremos hablar del caso en el sentido en que reencontramos el casus latino12, lo que cae, contingencia inoportuna, o el Einfall freudiano que recubre la misma zona semántica. 

Es preciso además que en eso el sujeto “reconozca el lugar que él ha tomado”, en esta partida jugada lógicamente, como todos los “grandes juegos”. Esa parte tomada es la vía por la cual el sujeto obtendrá como retorno una aprehensión sobre las verdades que le serán reveladas en el curso del análisis. Él ha comprometido su ser, es decir, para nosotros, su carne y sus pulsiones, desde su inserción en los balbuceos del fort-da. El lugar de este tomar parte, de esta parte “prohibida”, y no maldita, es en principio nombrado por Lacan como el lugar del deseo13. Ese será después el lugar del goce cuando reorganice su teoría del síntoma14. La construcción formal gira alrededor de un imposible que inscribe un lugar vacío, en reserva: S (A̸).

Este lugar está reconocido como crucial, no solamente para la apuesta en una cura, sino también para la comunidad analítica. El discurso psicoanalítico, ¿cómo constituye su comunidad de auditores y expositores? ¿Cómo reconocen la evidencia que les es planteada? ¿Es por una lengua común, una definición común de lo que sería un caso, de lo que sería un análisis ideal, un resultado previsible? El discurso analítico procede a la inversa. El relato del caso comporta formas regladas en las diferentes comunidades de trabajo psicoanalíticas. Hay modelos de este género que circulan. Pero es en la diferencia con relación a esos modelos como la cualidad del trabajo de cada analista, su presencia, se hace escuchar. El caso clínico es, también a este respecto, inscripción y diferencia. ¿Cómo reconocer entonces la pertinencia de la diferencia? 

La indicación fundamental que ha dado Lacan sobre este punto es que la demostración en psicoanálisis es homogénea a la forma del chiste. Es a partir del efecto de sentido, más que del sentido, como Lacan en su última enseñanza sostenía juntos el significante y el sentido. Se acerca así a Wittgenstein, al menos al segundo Wittgenstein y su agudo sentido de la disyunción entre significante y significado. Jacques-Alain Miller lo señala en su conferencia titulada El aparato de psicoanalizar15: «Lacan no se quedó satisfecho con el Nombre del Padre. En la misma función de broche coloca lo que llama la estructura del discurso. Cuando estamos en un discurso, el significante y el significado se equilibran […] la comprensión, incluido ahí el acuerdo entre el significante y el significado, entre el sentido y lo real es un asunto de comunidad […] el verdadero sentido de meaning is use, reposa sobre una práctica común del lenguaje en una sociedad dada. Es lo que llama “compartir una forma de vida”. Para comprendemos es preciso compartir una práctica y una forma de vida». 

El modus ponens, el desapego, se produce en nuestro discurso cuando la ganancia libidinal es alcanzada. Eso es lo que Lacan mantuvo para la experiencia del pase, donde cada uno sostiene la demostración de su propio caso. Ese dispositivo en el cual se cuenta el propio caso, de final de análisis, como una buena historia, con la estructura del chiste. El dispositivo radicaliza la enunciación de cada uno. Ese modelo de transmisión del psicoanálisis es mantenido por algunos autores que están fuera de nuestra orientación16

En su pendiente, el discurso universitario ha visto a la inversa la solución en el borramiento de la enunciación en la lengua. De ahí su búsqueda siempre de una lengua nueva, neo-lengua purgada de los rasgos de goce de las enunciaciones de partida. La búsqueda de una lengua clínica única, de un modelo de caso clínico que sería el common ground, el fundamento común, que permitiría el intercambio entre psicoanalistas, revela esta tentativa. La utopía de esta lengua llamada políticamente correcta sería permitir un gran conducto, como decía Locke, de la lengua, que autoriza una comunicación purgada de los malentendidos que le hacen obstáculo. Esta utopía del discurso universitario es una tentativa clínica, en tanto que quiere borrar el deseo del psicoanalista que ha puesto al día un hecho clínico como tal. Revela el mismo tipo de operación que mostró el lingüista Jean-Claude Milner en su bello libro sobre El amor de la lengua17. Nosotros no estamos ya en la época de un significante amo que defina el buen uso, y acorrale las formas desenfrenadas de la invención sintomática en la lengua. Estamos en la época de un ideal humanitario de la lengua, queriéndole dar un buen uso universal. 

La vía propia del discurso psicoanalítico, en el intercambio sobre el relato del caso, reside en el contraste entre la aproximación por la heterogeneidad y la aproximación por la lengua expurgada universal. Lejos de expurgar necesitamos poner al día una clínica de los síntomas establecida sobre el descubrimiento, por cada sujeto, de lo que es nombrable e innombrable en el uso propio que él hace de la lengua de su comunidad.

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